sábado, 12 de noviembre de 2016

Toma de contacto

   Hasta el funcionario más veterano recuerda como si fuera ayer la primera vez que entró en el patio de una prisión. Cada uno lo vive a su manera, supongo, pero en general se sienten un montón de emociones a la vez.  Hay curiosidad, porque vas a conocer el que va a ser tu lugar de trabajo durante el resto de tu vida. Hay miedo a lo desconocido, ansia por descubrir si lo que vas a encontrar tiene algo que ver con lo que te han contado o has visto por la tele. Un poco de nerviosismo, quizá, al no saber si estarás a la altura (me da hasta risa escribirlo así, estar a la altura, pero no se me ocurre otra manera de expresarlo), al pensar que quizá no soportarás el ambiente o no te verás capaz de enfrentarte a los internos, y suspenderás las prácticas. Aunque en el fondo, las prácticas no son tan duras. Tus compañeros y evaluadores tienen en cuenta el factor miedo, y para suspenderlas vas a tener que currártelo, amigo, y hace algo guapo. Como cagarte en el despacho del director. Pero eso, claro, en el momento no lo sabes. Entras al patio con la centrifugadora en el estómago, como un soldado paracaidista que duda ante su primer salto pero que sabe que por huevos va a saltar, porque si no salta él, lo tiran.

  Y saltas, y cuando aterrizas en el medio del patio, ves que muy poco de lo que hay ahí es como lo que sale en Prison Break. O al menos esa fue mi impresión. Allí estábamos casi treinta manzanillos*, todos juntos en un 'hall' mal iluminado. Acabando casi de ponernos el uniforme por primera vez y pensando que el de la Policía  es mucho más chulo pero, al menos, si nos echaban del curso ya teníamos ropa para meternos a chófer del AutoRes. Y repentinamente, los dos Jefes de Servicio que nos acompañaron durante las prácticas abrieron las puertas, la afilada luz de la mañana se nos clavó en los ojos impidiéndonos ver lo que nos esperaba en el exterior, y nos gritaron -'¡VAMOS, EN PAREJAS, A PASEAR AL PATIO!!!-

   Me agarré al compañero que tenía más cerca, sin siquiera mirarle a la cara, pensando que al menos habían tenido el detalle de no atarnos por una mano como en ´Gladiator´. Con lo que, si venían mal dadas, siempre podría salir pitando. Apreté los puños por si acaso, salí al exterior, y nada. Un campo con césped, una cancha de baloncesto. Gente en chándal paseando con ritmo vivo. Miré a mi compañero. Era Manuel, un chaval de un pueblo del Lugo profundo. Muy profundo. Un pueblo al que para llegar, en vez del coche de línea tienes que coger la máquina del tiempo. Tenía los ojos abiertos como platos, y la boca a juego. No salía de su asombro.

    Empezamos a pasear despacito, despacito. Mirando lentamente a un lado, a otro, a veces atrás, y veces arriba. No sé, igual creíamos que también hay internos voladores o algo. En próximas entradas  contaré lo que se suele ver en un patio normal. En esta ocasión, cuando acertamos a pasar al lado de dos internos de edad madura y que evidenciaban un largo bagaje penitenciario, uno nos miró a través del humo de su pitillo liado y , con las manos en los bolsillos y la chusta pegada al labio, habló, tanto para su socio como para nosotros; -¡Ya está aquí la nueva hornada de maricones y homosexuales que vienen a tocarnos los cojones!.-

  Miré a Manuel. Manuel seguía con los ojos abiertos como platos y la boca abierta. Algo había que hacer, estaba claro, pero era una situación nueva para la que no encontraba salida. Busqué en mi mente alguna referencia, y me salió James Bond. ¿Que haría James Bond en esta tesitura?. Bueno, pues me estiré, elevé la nariz, y le espeté con calma y estilo:
- Caballero, esa redundancia ha hecho que Cervantes se revuelva en su tumba.-

  El interno me miró, confuso. Era evidente que no hablábamos el mismo idioma. El que sí que lo hablaba era uno de los Jefes de Servicio, que apareció de improviso a su espalda.  Haciendo gala del 'savoir faire' que te proporcionan veinticinco años de servicio interior, posó con fuerza una mano en la nuca del interno, y apagó el sonido de la misma con un  'Vente p'acá' que no admitía réplica. Se lo llevó a unos metros de distancia, y aparentemente le hizo una oferta que no podía rechazar.
 El interno se acercó, y masculló una disculpa casi ininteligible con los ojos fijos en el suelo, mientras el Jefe de Servicios no le quitaba ojo. Cuando acabó de hablar, el Jefe me miró a mi.
  -¿Que vas a hacer?-
Tras unos instantes de duda, le dije al interno que esperaba que eso no se volviese a repetir, y que podía marcharse. Al Jefe se le pusieron los ojos del tamaño de dos tetas.
  -¿COOOOMOOO? ¡Ahora mismo le pides que te diga su nombre y elevas un parte!!.
Le pregunté al interno su nombre, me lo dio, y le indiqué que se fuera. Los ojos del Jefe ya habían vuelto a su estado normal, afortunadamente.
 - A mediodía quiero el parte encima de mi mesa. Y espero que incluya correctamente el número del artículo del Reglamento Penitenciario que ha infringido ese interno.-
Se fue tan rápido como había aparecido.

Miré a Manuel, y le pregunté si se acordaba del número del artículo. Manuel seguía con los ojos como platos y la boca abierta. Luego me enteré de que llevaba así dos meses, desde que había salido de su pueblo por primera vez para ir a Madrid  a hacer el cursillo de formación.
Supongo que será lo normal cuando para ir a la capital tienes que viajar al futuro.


* Manzanillo es el nombre que se da a los funcionarios novatos.






 




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