miércoles, 23 de noviembre de 2016

Natillas

  En la cocina de la prisión, cuatro o cinco internos se ocupan intensamente en la preparación de la comida del día. Mientras, otros cuatro o cinco se escaquean en uno de los comedores para fumar un pitillo. Dentro de unos diez minutos se cambiarán unos con otros, de manera que siempre haya unos internos trabajando para que yo los vea desde la ventana de mi oficina. Yo lo sé, ellos saben que yo lo sé, y mientras la comida esté lista para ser servida a la una y media todos estamos contentos.

  Así que aprovecho este tranquilo discurrir de las cosas para ver en la tele de mi despachito un programa de investigación de crímenes, porque supongo que ya que uno está metido en el mundillo mejor meterse hasta el fondo, y cruzo los dedos para que la mañana siga así y nadie llame por teléfono para molestar. Por supuesto, antes de diez minutos suena el aparato.

  - Hola ¿Es la cocina?- Reconozco la voz de Puerto, la doctora de servicio ese día.
  - Si, dime.-
  - Mira, ¿Vosotros lleváis control de que a Serafín no se le den pasteles ni dulces?-
  - ¿Serafín qué mas?- Puerto me da los apellidos, y consulto la lista de internos con dietas especiales. Que no es una lista corta, pero finalmente localizo al individuo.
    - A ver. Aquí lo tengo. Dieta para diabéticos, o sea que no se le da bollería, ni postres dulces, ni café con leche y azúcar. Generalmente a estos internos les damos yogures naturales y fruta, ya sabes como va.-
    - Ya...- Puerto se queda un rato en silencio, pensativa.- Pues no lo entiendo, porque las lecturas que nos da en los análisis indican que está tomando cosas con azúcar.-
   - Bueno, que no se las demos nosotros no quiere decir que no tenga donde conseguirlas. Puede comprarlas en economato.-
   - No... No puede ser, este señor (que educados son los médicos) es indigente.-
   - Pues entonces cambiará parte de su comida por los postres. O prestará servicios extra en las duchas para conseguirlos.- Puerto no oye la última parte de mi explicación, o no quiere oírla. Se queda con lo primero.
   - Entonces, ¿no controláis que no se intercambie la comida con otros internos?.-
  Cierro los ojos y me doy una palmada en la frente. Ni con cacheos integrales y perros entrenados conseguimos que deje de entrar droga al patio, como para evitar que un interno nos camufle un Phoskito.
  - Pues... No, doctora. Sólo hay un funcionario, o a veces dos, para vigilar el comedor con ciento y pico internos. No podemos controlar que Serafín no cambie su yogur, o lo que sea, por un pastel.-
  - Es que cada dos días, viene a consulta tan mal que lo tenemos que enviar al hospital de urgencia. Allí se ve que sí que le tienen bien vigilado (y tanto, seguro que tiene un Guardia pegado al culo todo el día) y nos lo devuelven algo recuperado.  Pero es que es una bomba de relojería, y en el fondo lo que estamos haciendo el hospital y nosotras es pasárnoslo a ver a quien le estalla.-
Tiene razón. Poco se puede hacer, y como nos estalle a nosotros la Administración va a tener que pagar una buena indemnización a la familia. Pero es lo que hay, y algo le tengo que decir a la doctora.
  - Bueno, no te preocupes. Hoy en la comida voy a estar atento, y cuando le vea venir le echo la charla.-

Es la hora de la comida, y superviso como transcurre desde dentro de la línea de reparto. Antonio, un compañero, pasea entre las mesas. Veo a Serafín, que acaba de recoger su yogur, cambiar unas palabras con el interno de cocina que se lo ha dado. El interno niega con la cabeza y Serafín sigue su camino, visiblemente apesadumbrado. Salgo desde el interior de la zona de reparto al comedor, y le cierro el paso. Con su cabeza y cuerpo redondos, y su cara cubierta de pelo, Serafín parece un Don Pimpón de carne y hueso.

  - Hola Serafín.- Me sonríe estúpidamente, y me mira con ojos vacíos de expresión.
  - Hola, don.-
  - ¿Qué hablabas con el otro interno?.- Serafín mira tristemente el yogur que aún lleva en la mano.
  - Nada, don. Le pedía que me lo cambiara por unas natillas de las que le ha dado al resto de la gente.-
  - Pero tu sabes que no puedes tomar esas natillas, porque llevan azúcar- Serafín baja la mirada y que queda con los ojos fijos en el suelo.
   - Si.-
   - Y además sabes que no puedes andar cambiando tu postre por otro.- Serafín encoge los hombros. Su tristeza parece infinita.- Porque no es ninguna broma, ni un capricho nuestro. El azúcar es veneno para ti, y te podrías morir, ¿entiendes?.-
Serafín no se mueve, ni dice nada. Podría decir que es como reñirle a un niño pequeño, pero hay niños pequeños con problemas alimentarios que saben perfectamente qué es lo que les sienta mal, y ellos mismos evitan probarlo. Serafín no llega a ese nivel, ni sabe que contestarme. Esto no tiene ya sentido, así que doy por acabada la conversación.
   -Bueno, venga, vete ya a comer tranquilo. Haz lo que te de la gana.-
Antonio se ha ido acercando a ver de qué iba la charla, y ha llegado al final de la misma. Se queda mirando alejarse a Serafín.
- ¿Que ha pasado?- Me pregunta. Le cuento la conversación con la doctora. Antonio se queda pensando en el tema.

A los cinco minutos, vemos a Serafín dirigirse a la salida hacia el patio. De los bolsillos de su pantalón de chándal sobresalen al menos dos tarrinas de natillas.
Antonio sonríe de medio lado.
- ¿Hacemos una porra? Yo creo que a este muerto nos lo comemos nosotros.-
Paso de apostar con él. Sobre todo porque algo me dice que, efectivamente, nos lo vamos a comer.



  
  

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