domingo, 13 de noviembre de 2016

Sensación de vivir

   Antúnez no lo habia tenido fácil en la vida. Había tenido que salir adelante solo, y cada kilómetro recorrido le habia costado el doble que a cualquiera de nosotros. Quizá por eso mismo, a sus cuarenta años su cuerpo no tenía nada que envidiar al de un octogenario. Si pudieses poner a Antúnez y a su padre uno al lado del otro, seguro que éste parecería mas joven. Pero Antúnez no había tenido nunca a su padre al lado. Ni a su madre tampoco.
   Criado en la calle, antes de los catorce ya manejaba la aguja de la jeringuilla con una soltura que sería la envidia de muchas lagarteranas. Aunque no sin fallos,claro. La perfección solo está al alcance de Dios, y los muchos nervios de las piernas que Antúnez se había pinchado en sus años de abusos le obligaban ahora a desplazarse apoyado en unas muletas cuando estaba solo, o en otros internos si estos tenían a bien permitírselo. Normalmente le dejaban, porque en el fondo Antúnez nunca hacía mal a nadie. Y porque no debía pesar más de treinta y cinco kilos.
   Tampoco tenía problemas Antúnez en encontrar un compañero en que apoyarse  por otros dos motivos, motivos que en la convivencia diaria tienen cierto peso; Antúnez era más de escuchar que de hablar. Y no gorroneaba tabaco. Estas dos características eran  consecuencia de su tremendo deterioro físico. Sufría de intensísimos temblores, y al haberse mordido la lengua ya varias veces mientras intentaba decir algo, tomó la decisión de hablar lo menos posible. Por el mismo motivo había dejado el tabaco. Porque los temblores de su cuerpo, cuando tenía el día malo, te podían hacer verlo hasta borroso. Pero sus manos, y sobre todo la derecha, parecían estar repartiendo las cartas de una baraja imaginaria, lo que le impedia sujetar un pitillo.
  Antúnez lo había tenido todo en contra en la vida, pero había aún una cosa que le ilusionaba. Mejor dicho, había dos.

   La primera era esperar al reparto de medicación matutino. Cada día a eso de las nueve, una ATS venía al módulo de enfermería a repartir a los internos sus medicinas diarias en una consulta preparada al efecto. Cuando la profesional en cuestión era nueva, y esto sucedía con cierta frecuencia porque la cárcel tenía concertadas unas prácticas con la escuela de enfermería, Antúnez sonreía de medio lado, y en vez de ponerse a la cola, se dirigía al economato. Allí, compraba un Actimel (nunca he visto a nadie disfrutar tanto del Actimel como a los yonquis. Quizá la empresa que los fabrica debería reconducir sus campañas publicitarias y olvidarse de las ancianitas) y se ponía pacientemente a la cola. Mientras esperaba, pedía a algún otro paciente que le abriese el Actimel, y lo sujetaba con mucho cuidadito en su mano izquierda, la que menos temblaba. Llegado su turno, entraba a la consulta y mientras la joven, desprevenida y sentada ante su mesa, consultaba el expediente médico de Antúnez, éste bajaba el Actimel a la altura de su cara, y lo cambiaba de mano.
El efecto, pues era mas o menos el mismo que cuando accionas el robot de cocina sin ponerle la tapa. La cara y la pechera del uniforme de la muchacha quedaban completamente salpicadas de un líquido blanco y cremoso. A Antúnez le brillaban salvajemente los ojos, soltaba una risotada, la única en días, y salía de la consulta lo más rápido de que era capaz. No fuese a ser que, aparte de gritos e insultos, recibiese también el impacto de un cenicero.

Recuerdo una vez haber acudido corriendo en una ocasión al oír los gritos, sin saber su causa, y cruzarme en sentido contrario a Antúnez. Por un instante, pude ver en su cara la alegría salvaje del niño que acaba de cometer una travesura.

Antunez tenía otra ilusión. Mañana os la cuento.

3 comentarios:

  1. Magnífica forma de relatar. Muy literaria. No es fácil hacerlo y usted lo consigue. Felicidades

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, espero poder seguir a la altura en próximos relatos.

      Eliminar