viernes, 11 de noviembre de 2016

Alternativas laborales

   Estar en el puesto de control de una prisión tiene sus pros y sus contras. Los contras son que, en días laborables y por las mañana, tienes bastante curro.  Estás a cargo del rastrillo de entrada a la prisión, y las cosa es que por paradójico que resulte, no para de entrar y salir gente. También estas a cargo de las alarmas, y aunque desde fuera podría parecer que el recinto de una prisión es un espacio desolado por el que ruedan libremente arbustos secos, un lunes por la mañana tiene más tránsito de vehículos que algunas calles de la ciudad. Todo este tránsito hace saltar las alarmas de movimiento, a no ser que estés alerta para desconectarlas en el momento preciso y volver a activarlas un vez que el vehículo ya ha pasado. En fin, que estás ocupado.


   Los pros son... Pues eso, que estás ocupado, con lo que las horas se te pasan mas rápido, y que en tu dependencia estás tu solo. Y cuando la alternativa a la soledad es estar rodeado de delincuentes y/o gente que se pasa la vida rodeada de delincuentes, es cuando la aprecias, la soledad, digo, en su justa medida. Mejor solo que mal acompañado.

   Así que ahí estaba yo. Entretenido con mil botones a la vez, cerrando y abriendo compuertas y activando y desactivando alarmas. Sintiéndome un poco como el organista de una iglesia pero sin nadie (por suerte) que pudiese apreciar mi arte, y muy relajado a pesar de lo que podría parecer. Porque cuando esto de los botones ya te sale de forma automática, la mente empieza a volar y entras como en una especie de trance. Hasta me estaba dando tiempo de hojear una de mis revistas favoritas, y ya sólo quedaba una hora para el relevo de mediodía. Bien.

   Y entonces, al apretar el botón que abre la reja exterior en repuesta al timbre que alguien había apretado desde el recinto, entró ella. Rocío era la nueva psicóloga del Centro Penitenciario. No tendría más de treinta años. Morena, con la piel muy clara y los ojos muy negros, si te la cruzases por la calle simplemente pensarías 'vaya, que chica mas guapa', y continuarías tu camino, quizá echando una fugaz mirada hacia atrás. Pero en este entorno en que nos movemos, en que ya simplemente el ver a una mujer hay que anotarlo en el libro de incidencias, amigo, Rocío destacaba como una polla pintarrajeada en un misal.

   La seguí con la mirada mientras se pasaba caminando garbosamente por delante de la cristalera ahumada que ocultaba el interior de mi oficina de las miradas del exterior. Calzaba unos tacones que darían entretenimiento a un fetichista con eyaculación precoz durante dos segundos, como mucho, y se desplazaba dando un gracioso saltito con cada paso que hacía destacar todo lo que tapaba su vestido estampado, que por cierto era muy corto y le quedaba muy bien. No sería una belleza de infarto, pero Rocío sabía sacarse partido. Siguió su camino... Y entonces, para mi sorpresa, en vez de girar hacia su derecha y entrar por la esclusa de acceso al interior de la prisión, giró a su izquierda y llamó a mi puerta.

   Apreté el botón que la abre eléctricamente. Rocío entró, se sentó en mi mesa, cruzó las piernas y me habló sonriente,como si nos conociéramos de toda la vida. 
   - Hola.- 
   - Hola.-
   - Creo que no nos conocemos, ¿no?. Soy Rocío, la nueva jurista.-
   - Encantado. Yo soy el funcionario de control.-
   - Nunca había entrado aquí. ¿Para que sirven todas esas pantallas?-. Durante unos minutos, interrumpidos frecuentemente por el ruido de alarmas y timbres, le expliqué por encima el funcionamiento de los sistemas. Rocío se pegó a mi. Olía muy bien, y no era su colonia, o al menos, no solo eso. Era su olor natural. 
   Un camión hizo sonar las alarmas, y dediqué unos segundos a resetearlas y activarlas de nuevo. Rocío aprovechó para coger la revista que tenía abierta ante mi.
   - Vaya... Parece que te gustan los coches viejos.-
   -Pues si.-
   -¡No me digas que ese coche tan bonito que hay en el aparcamiento es tuyo!.
Sonreí. -Si, lo es.-
   - Pues es precioso... Ya me llevarás a dar una vuelta!.
   - Claro. Cuando quieras.-. 
   Llegados a este punto, a muchos funcionarios novatos se les empezarían a acumular la gente en las puertas y las alarmas sin resetear, porque esta es una tarea para la que conviene tener la sangre en la cabeza y no en otras partes del cuerpo. Pero yo ya llevo en esto unos cuantos años, los suficientes como para saber que cuando una funcionaria de grupo A1 se sube a unos tacones de diez centímetros, no ve a nadie por debajo del cargo de subdirector. Rocío se había metido en mi oficina porque sabía que ahí no entra nadie, y quería escaquearse del trabajo la hora escasa que le quedaba para salir. Que si quieres hacerlo no te culpo, pero tampoco tienes que ponerme ojitos. Con que te sientes por ahí y no me des demasiado la lata me vale. 
   Así que yo seguí a lo mio y ella a siguió hojeando la revista, hasta que llegó a una página publicitaria en la que una retozona Blanca Suárez aparentaba estar deseando llevarse a algún pardillo al huerto, con el propósito de hacernos comprar ropa interior. Rocío me enseñó el anuncio.

   -¿Sabes que estuve a punto de ser modelo?-
   -Ah, ¿si?- Por los cojones ibas a ser modelo tú, pensé.
   - Si. Lo que pasa es que a mi padre no le hacía ninguna gracia, y me obligaron a acabar la carrera, y aquí estoy. Y ya tenía contrato con una agencia, pero tuve que dejarlo pasar.-
   -Vaya... A mi me pasó algo muy parecido. También iba a ser modelo.-
Rocío abrió los ojos, incrédula. -¿Si?.
   - Si. De ropa interior. Y ya tenía un contrato con Calvin Klein. Pero un día vi a una señora mayor al esperando en una parada de autobús, y al lado había un anuncio a tamaño natural de un maromo en gayumbos. Se veía que la pobre mujer no sabía a donde mirar sin sentirse violenta, y entonces pensé;   -'Fíjate, esa podría ser mi madre, y ese podría ser yo. Que mal trago iba a pasar la pobre, pensando en los cotilleos de la gente'. Así que me saqué la carrera, y aquí estoy. Igualito que tu.-
   Rocío me fulmina con la mirada, arruga su naricilla en un arrebatador gesto de enfado, y se baja de un saltito de mi mesa. - Bueno, me voy. Adiós.- Dice sin mirarme. Y sale por la puerta sin volver la vista atrás.  

  De nuevo solo, sonrío de medio lado en la oficina. Me parece que ese paseo en coche ha quedado aplazado indefinidamente.

4 comentarios:

  1. Jajajajaja, muy bueno el blog compañero. Ya tienes otro "fans"

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, espero no quedarme sin ideas demasiado pronto.

      Eliminar
  2. En otros tiempos no la hubieras espantado, la hubieras dado una vuelta en la Yamaha esa negra que tenías y luego.... quien sabe.... jajajaja...

    ResponderEliminar