miércoles, 4 de julio de 2018

Tráfico Interno VI

 


Dejé los siete euros del menú encima de la mesa y salí hacia Jefatura. No tardé ni medio minuto en convencer a Jorge y a Alex, otro funcionario al que encontramos en el 'hall' principal de la prisión, de que me acompañasen corriendo al módulo cinco. Allí, en el rastrillo de entrada al mismo, nos encontramos a Ana, la compañera encargada de manejar la doble compuerta de acceso y, a la vez, de vigilar el patio.

 - ¿Donde está Rubirrosa?- preguntó Jorge sin saludar, con la respiración agitada por la carrera.
 - Buenas tardes lo primero.- Le espetó Ana, muy digna. De un tiempo a esta parte, la figura del Jefe de Servicios ya no despierta tanto respeto entre el personal de guardia  como antes. Jorge prefirió ignorar la pulla, y permaneció en silencio. Ana continuó por fin.
- Acaba de entrar en la ducha no hace ni cinco minutos.- Y señaló hacia la puerta de las mismas, al fondo del patio, en la esquina derecha del mismo. A lado, encima de un pequeño banco, estaba su petate verde, visiblemente abierto.
 Jorge ordenó a Ana que abriese la puerta, y entramos los tres a la vez en el patio. Por suerte estaba vacío. Era la hora de la siesta, casi las tres y media, y los internos estaban encerrados en sus celdas, y lo estarían hasta las cinco y media. Eso facilitaba las cosas. Cualquier acción fuera de lo común agita el patio, y cuando el patio se agita puede pasar cualquier cosa fuera de lo común. Es la pescadilla que se muerde la cola. Pero no había nadie, ya digo. Entramos con cuidado en la ducha, procurando no hacer ruido.
 Y lo pillamos.

Acurrucado en uno de los cubículos de los aseos, Rubirrosa había desmontado ya la base del consolador y se afanaba en extraer algo de su interior. En cuanto nos vio, intentó sin éxito introducir el aparato por el hueco de la taza turca. A pesar de que ése era un agujero de los pocos en los que el artefacto podía entrar con holgura, intentar tirar el vibrador por el desagüe no era más que una medida desesperada. Como era de esperar, no le sirvió para nada.
- Déjalo, Rubirrosa.- espetó Jorge, con una sonrisa de medio lado. -Ese cacharro no cabe en cualquier sitio.-
   El interno arrojó la polla negra hacia el fondo del cuarto de duchas, derrotado. Me puse unos guantes de látex azul que todavía guardaba en un bolsillo desde el cacheo de su equipaje, aquella mañana, y me acerqué a recogerla. En cuanto la levanté del suelo, cinco bolas de 'costo' envueltas cuidadosamente en cápsulas de plástico amarillo forradas a su vez de celofán, de un tamaño a medio camino entre el de los huevos de codorniz y los de gallina, cayeron de su interior. Tapado por la caja de baterías y el dispositivo vibratorio, el hueco estaba bien disimulado.
Introduje la prueba, las cinco bolas amarillas que originalmente habían contenido pequeños juguetes, en una bolsa hermética, y salí al patio. El Jefe de Servicios y el otro funcionario escoltaban a Rubirrosa hacia el rastrillo de salida, camino del módulo de aislamiento. No parecía que el interno fuese a causar problemas, así que sólo los acompañé hasta el 'hall' de distribución interior. Allí, ellos continuaron hasta el módulo donde se ubicaba a los internos sancionados, y yo cogí el camino de Jefatura.

   Jorge volvió en menos de diez minutos, y nos sentamos a la mesa de despacho de la Jefatura de Servicios, frente a frente. Tocaba redactar el Parte de Hechos correspondiente para elevarlo al Director del Centro y que se iniciase el procedimiento sancionador. Pero antes, convenía poner las cosas en claro, y atar cabos. Tampoco daba para una novela de James Ellroy.

 Tal y como lo veíamos, Rubirrosa había estado a punto de colárnosla, por feo que suene en este contexto. Y había sido pura casualidad. Posiblemente su plan inicial habría sido pasar las bolas de 'costo' empetadas,  como había hecho ya en otras ocasiones. Pero algo le debió sentar mal en la calle y, ante la imposibilidad de introducirse nada en el recto que no saliese de allí en cuestión de segundos, buscó otro sitio dentro del que pasar el contrabando. Para alguien con sus aficiones en materia sexual, el pensar en un consolador como alternativa al transporte anal debió ser una asociación de ideas casi inmediata. Por otro lado, Rubirrosa ya contaba con que no iba a haber perros aquel día, Y, en caso de un chivatazo, sabía que nosotros íbamos a pensar que traería el material empetado. Podía funcionar.

 Al otro lado de la puerta, en el pasillo de entrada a los módulos, el resto de funcionarios que había permanecido hasta entonces en la cafetería disfrutando de la sobremesa iba entrando con cuentagotas. Poco a poco, pero de forma imparable, se fue corriendo la voz de lo que había sucedido, y no había pasado ni un cuarto de hora cuando ya  casi toda la guardia de servicio aquella tarde se agolpaba a nuestro alrededor en Jefatura para intentar leer, en la pantalla del ordenador, qué había sucedido exactamente.

 El relato que leyeron no es muy diferente de lo que acabo de contar en esta entrada. Bastante menos extenso, porque se trata de condensar todo en menos de un folio, si es posible. Se va a los hechos y se valora la concisión. Si la cosa es grave, ya habrá tiempo de explayarse cuando el juez tome declaración. Si no, y la mayor parte de las veces es no, escribir cinco líneas lleva mucho menos trabajo que escribir diez. La mitad, exactamente.
 Así que ocho líneas de texto después, ni una más ni una menos, ya estaba la historia plasmada negro sobre blanco, y la mayor parte de los compañeros la habían leído. Se comentó la jugada, se escucharon risas. Se sacaron cafés de la máquina e incluso, en franca transgresión de la ley antitabaco de 2010, se encendieron pitillos. Y finalmente, cada uno se fue a su módulo de destino para proceder a la apertura de celdas de la tarde y la posterior bajada al patio.

  Yo fui el último en salir de Jefatura, porque aquel domingo había gente de sobra, no sé si ya lo he dicho, y yo no estaba destinado en ningún módulo. El Libro de Servicios sólo indicaba 'a disposición de Jefatura', que quiere decir que no tenía otra cosa que hacer que remolonear por ahí esperando que al Jefe le surgiera alguna tarea que encomendarme. Generalmente es un buen destino para hacer el vago pero, mira tú, aquel domingo no me había faltado trabajo.

 Estaba sacando un refresco de la máquina expendedora cuando alguien entró en la sala de descanso. Era Vanessa, la práctica, que se había quedado para firmar el Parte de Hechos respaldando así la declaración. Le pregunté si quería algo de la máquina, pero negó con la cabeza.
 Nos sentamos en una de las mesas, y permanecimos en silencio mientras yo abría la lata. Vanessa me miraba con cara de interés. De haber sido yo más joven y atractivo, o simplemente si el contexto fuera otro, me habría sentido hasta halagado. Pero allí, y en aquel momento, no supe qué hacer y bajé la mirada, siempre en silencio. Finalmente, ella habló. Y menos mal, porque la verdad es que Vanessa no estaba nada mal, y yo me estaba empezando a poner nervioso y a pensar cosas raras.

  - ¿Cómo te diste cuenta?.- me cogió con la guardia baja. No supe en principio a qué se refería, supongo que porque, aunque me cueste reconocerlo, ya estaba imaginándome cosas completamente fuera de contexto. Parpadeé un par de veces, como si me acabase de despertar, e intenté poner cara de tipo que sabe de qué le están hablando. A ver si se me encendía la bombilla por sí sola. Pero no se encendió, y tuve que preguntar.

  - Esto... ¿De qué?.- Pensé que Vanessa me iba a mirar como si yo fuera gilipollas, pero no. Menos mal.
  - De que la droga estaba dentro de... Del chisme ese.- Así que era eso lo que le interesaba. Claro, imbécil. En qué estabas pensando, me dije. Bueno, aquello tenía una respuesta fácil.

  - Pues verás. Al darle vueltas a lo que había pasado, me acordé del susto que te llevaste al encontrar el consolador en la mochila. Porque, claro, nunca habías encontrado uno. Pero luego, al enseñárselo al jefe, resultó que él nunca se había encontrado con un aparato así en la cárcel. Y yo tampoco. Y tú eres nueva, pero el jefe y yo ya llevamos aquí bastantes años. ¿Por qué no nos hemos encontrado uno de esos hasta hoy?.- Interrumpí mi monólogo para darle un poco de emoción al asunto. Vanessa no movía ni un músculo.
  - Porque la gente mente en la cárcel cosas que no hay dentro. Droga. Móviles. Alcohol. Lo que no mete es lo que ya hay aquí. ¿Y que es lo que más abunda en un Centro Penitenciario exclusivamente masculino?.- Vanessa se encogió de hombros. A mi se me escapó una risilla, lo reconozco.

 - Pollas. En el patio sobran pollas. Todo el mundo tiene una, y si lo que quieres es echar un polvo rapidito, o tener una relación más profunda, nunca te van a faltar voluntarios.Tienes las que quieras, y son de verdad. ¿Para qué vas a traer una de plástico, a no ser para ocultar algo dentro?.-

 Vanessa lo pensó un rato, y se echó a reír. Los dos lo hicimos.

Por cierto, hay consoladores con USB. En serio, lo he mirado en Google.











sábado, 16 de junio de 2018

Tráfico interno V

 Con todas estas historias, casi se había hecho la hora de comer. Los funcionarios con destino aquel día en los diferentes módulos efectuaron el recuento de las dos y media de la tarde y, tras entregar parte por escrito del mismo al Jefe de Servicios, como ordena el reglamento, se dispusieron a salir a la cafetería del Centro Penitenciario a ver qué ofrecían en el menú del día.

 Me asomé una vez más a Jefatura, a preguntar a Jorge si me acompañaba a comer. Jorge murmuró entre dientes algo de que ya había comido un sándwich, y nosequé historia de que un Jefe de Servicios debe permanecer en su puesto por si hay alguna incidencia y tal y cual. Lo cierto es que yo sabía tan bien como cualquiera con oídos en la prisión que su endocrino lo había puesto a régimen estricto y lo que me estaba soltando era un rollo que no se creía ni él, así que lo dejé allí hablando  solo y me uní al grupo de funcionarios que, en aquel momento, ya estaban cruzando el recinto de seguridad camino del exterior de la cárcel.

  Nos juntamos unos quince funcionarios en la cafetería del centro. El local no estaba mal, porque lo había construido la Dirección General con cargo al erario público, y se notaba que había billetes. Decorado con plástico de colores vivos, no era feo si te gustaba Mondrian, y hasta  era moderno si eras capaz de imaginarte que estabas en el Miami de 1984. También era barato, porque la concesión bianual para operar el local se concedía poniendo como condición sine qua non que el menú del día no pasase de siete euros. El servicio no era muy allá, en cambio. Pero si pensabas que el que te atendía era un fulano que había creído que lo del menú a siete euros era algo que podría modificar al alza al cabo de unos meses, y que luego se daba cuenta de que no, pues lo entendías. El camarero te servía los sanjacobos con la cara el que está palmando pasta por atenderte, lo que no se alejaba ni lo más mínimo de la realidad.

 Total, que ahí estábamos comiendo rancho. Vanessa se unió a nosotros un poco después, supongo que tras haberse lavado concienzudamente las manos. Se sentó a la mesa, y no tardó ni un minuto en contar pormenorizadamente el cacheo que acabábamos de realizar, y todas sus incidencias. Quizá, novata como era, esperaba un poco de comprensión. Un poco de escándalo en la audiencia, un 'a donde vamos a ir a parar', o un 'qué vergüenza'. No fue así, claro. Cómo iba a serlo.
 Agaché la cabeza y me concentré en mi sopa mientras arreciaba a nuestro alrededor la tormenta de chascarrillos, desde el '¿seguro que era del interno y no tuyo?' al 'luego le preguntaremos al interno si efectivamente se lo has devuelto o se te ha perdido'. Un festival del humor, ya os lo dije antes. El puto Club de la Comedia. En fin.
 Había acabado ya el primer plato, una sopa de picadillo de contenido igual de misterioso que su nombre, cuando entró Alejandro.
 Alejandro era aquel domingo el encargado del módulo de aislamiento, creo que ya lo mencioné antes. Donde habíamos dejado a Rubirrosa en la 'culera'.
 Normalmente, siempre que Alejandro y yo compartíamos turno, él llegaba a la cafetería antes que yo. A Alejandro le gustaba comer, sus casi cien kilos de peso daban fe de ello. Pero aquel día había una excusa para que llegase tarde. La culera no se puede dejar sola, porque hay internos que, para evitar ser procesados, se vuelven a tragar aquello que acaban de expulsar. Que dicho así queda muy aséptico, pero en realidad no lo es.
 Por este motivo, repito, la 'culera' no se puede dejar sola. Supuse que Alejandro había conseguido que alguien le relevase durante una hora, para venir a comer. O quizá le había pedido permiso al Jefe de Servicios y se había venido sin más, pero ésto sería algo menos habitual.
 Alejandro se acercó a la barra a ver el menú. Acabó por pedir sólo un Aquarius, y se sentó ante mí a beberlo en silencio. Al poco, el camarero le sirvió desganadamente su tapa, un platito con un poco de pisto manchego y un trozo de pan. Alejandro metió con el pan dentro del pisto con cara de asco y lo removió, sin probar bocado. Parecía un niño jugando a los barquitos. Era raro.

  - ¿No tienes cuerpo de pisto?- pregunté al fin. Me estaba cansando de verlo marear al trozo de pan. Además, al final me iba a acabar salpicando. Alejandro resopló, de mal humor.
  - No tengo puta hambre.- Dijo al fin. Aquello era raro. Como si de repente Massiel te salta con que no quiere otra copa. Quise averiguar qué le pasaba, y ni siquiera tuve que preguntar.
 - Tiene diarrea. Rubirrosa, el 'caco' que me trajiste a la 'culera'. Es tremendo. Debe ser de tipo vírico o algo, porque nunca había visto algo así.- Su cara de asco se acentuó.- Parecía un grifo. Un grifo de agua marrón.- Terminó, por fin.
 Me había contagiado la cara de desagrado. Afortunadamente la falta de apetito no, porque estaban a punto de servirme el segundo plato y me habría fastidiado dejarlo ahí después de haberlo pagado. Los escalopines estaban duros y secos, lo que no me importó, porque a mí me gustan así y porque no era el momento de comerse algo jugoso. Me dediqué a masticar en silencio mientras Alejandro bebía su Aquarius. Finalmente acabó su bebida y se dispuso a ponerse de pie para ir a la barra a pedir un café.

 - Al menos hay algo positivo. No me he tenido que quedar toda la tarde esperando a que al subnormal ese le diera por ponerse a cagar.- Dijo, mientras se levantaba. Bueno, eso era verdad. No se consuela el que no quiere.
- ¿Lo has dejado en la 'culera'?, pregunté. Un poco por seguir la conversación.
- Qué va. Lo hablé con el jefe, y lo hemos mandado ya a su módulo. No tenía sentido dejarlo en la 'culera', saltaba a la vista que ahí dentro no podía llevar nada que no hubiera salido ya disparado. Así que recogió el equipaje y lo pasé al patio del cinco. Luego a la tarde lo verá el médico, supongo, porque lo de ese tío no es ni medio normal.-

 Alejandro se sentó en uno de los taburetes de la barra a tomar su café. Tanto trabajo- y tanto chiste- para nada, pensé. El chivatazo de Montenegro había sido auténtico, porque lo más probable es que Rubirrosa planease meter material en la prisión aquel domingo. Pero la diarrea le había estropeado los planes. Vanessa y yo habíamos cacheado sus pertenencias de forma concienzuda y Serafín, el funcionario de ingresos, le había hecho desnudarse por completo para efectuar un registro. Incluso le había obligado a abrir la boca para comprobar que no se hubiera atado un sedal entre los dientes, porque a veces se atan cosas así y se las deslizan por el esófago para ocultarlas.
No había sido el caso.
 No, la única opción con la que habíamos contado era que pasase la droga 'empetada'. Pero eso, en su estado, habría resultado imposible. Así que lo más probable era que hubiese abandonado la idea y hubiera resignado a pasarse una temporada sin traficar. Hasta su próximo permiso.
 'Bueno', acabé por pensar, 'nosotros hemos hecho lo que hemos podido'.

 El resto de funcionarios, y Vanessa con ellos, seguían haciendo bromas. Asombra cuantos recursos para el humor puede generar una polla negra de látex. Pero había que reconocer que la cosa se salía de lo corriente. Yo ya llevaba en el negocio más de diez años, y no recordaba haberme encontrado nunca un aparato de ese calibre.
'Ni de ningún otro', me sorprendí pensando. En más de diez años.

Eso es mucho tiempo.











viernes, 25 de mayo de 2018

Tráfico interno IV




La puerta de la Jefatura de Servicios estaba abierta, así que entré sin llamar. Sentado en su despacho, Jorge almorzaba un sandwich de pavo. Saqué el vibrador de la bolsa en la que había tenido la precaución de esconderlo, y lo posé ante él, en su mesa. Vertical y magnífico, erguido sobre su base.
 Jorge abrió un poco los ojos, en un gesto de contenida sorpresa, y me miró en silencio, mientras daba un bocado a su almuerzo y comenzaba a masticar.

- ¿Que hacemos con ésto, Jefe?.- Pregunté directamente. Jorge siguió masticando despacio, mientras observaba la 'herramienta' con aire pensativo. Finalmente, tragó el bocado de pan y pavo.
- Nada, espero. Al menos así en frío. Pero si empiezas con un besito...- Y me miró burlón.
No pude evitar reírme. La verdad es que mi pregunta no había sido la más adecuada. Moví una de las sillas del despacho y me senté ante él.
- Bueno, lo que quería preguntarte es si esto es un objeto prohibido.- Jorge posó su sándwich sobre una servilleta que, extendida en el plano de la mesa ante él, le servía de mantel. Meditó su contestación.
- Tanto como prohibido... No recomendado, en todo caso. O sea, yo no le recomendaría a nadie introducirse eso. Pero es una opinión mía. En el reglamento de régimen interior no me parece que ponga nada sobre este tipo de aparatos.-
- Supongo que no se les habría ocurrido pensar en esto cuando lo redactaron,- tercié- pero es un aparato electrónico.- (Todo tipo de aparato electrónico es objeto de una especial atención dentro de las instituciones penitenciarias). Pero Jorge también tenía una respuesta para mi duda.
- Si, pero lo importante es, ¿sirve para conectarse con el exterior?.- Aquí estuve rápido.
- Lo veo más de conectarse en el interior.- Ambos sonreímos, y el Jefe continuó.
- Bueno, pues eso. Que para comunicarse con el exterior no sirve. Ni tiene radio, ni recibe internet, supongo.-
- Es que ya sería la hostia. Un centro de ocio integral, todo en uno. Me lo pido... Vamos, que no lo retenemos. Se lo devuelvo.- Jorge se encogió de hombros.
- Pues si... Qué remedio, chico. No sé.- Jorge dudaba. Algo rondaba por su cabeza, pero aún así comencé a guardar el aparato en la misma bolsa de plástico en la que lo había traído. Ya me había puesto en pié para irme, cuando Jorge finalmente soltó lo que se le había ocurrido.
- Tampoco creo que sirva para almacenaje de datos. ¿Has comprobado si tiene puerto USB?. Lo mismo es un disco duro camuflado.-
Mi cara debió resultar muy expresiva, porque Jorge pareció ruborizarse. De repente, su idea le debió parecer completamente estúpida.
- Hombre jefe, duro es. Pero no parece un disco. ¿Y para qué iba a servir un vibrador con USB?.- Jorge asintió. No parecía tener demasiado sentido.

 Abandoné la Jefatura de Servicios, con la esperanza de no encontrarme con ningún compañero en mi camino al departamento de ingresos. Las largas horas de tedio vigilando el patio o las cámaras de vigilancia convierten al funcionario de prisiones medio en un individuo ávido de estímulos, deseoso de encontrar algo, lo que sea, que lo saque de la rutina. Somos capaces de reírnos de cualquier memez, y lo único que hace falta para convertir una tarde de un domingo cualquiera en un festival del humor es,por ejemplo, un funcionario paseando con un cipote negro sujeto bajo la axila.

Pero en fin, tuve suerte. No me encontré con nadie, y al llegar a ingresos, Vanessa ya había terminado con el cacheo. El petate y la mochila de Rubirrosa estaban metidos en un viejo carrito de supermercado de los varios que utilizábamos para llevar cargas pequeñas de un módulo a otro. Metí el consolador en la mochila, sin sacarlo de la bolsa.
- ¿No se lo retenemos?.- preguntó, con cara de asombro.
- Si no lleva teléfono incorporado, no.- Contesté en plan casual. Vanessa pasó del asombro a la incredulidad. Era gracioso, una sorpresa más y los ojos se le caerían al suelo.
- ¿Hay cacharros de esos con teléfono incorporado?.- La pobre no daba crédito.
- No lo sé. Pero si algún día te encuentras uno, que sepas que es un objeto prohibido.- Indiqué a un ordenanza que guardase el carrito bajo llave, y salí del departamento.
 Vanessa se quedó dentro, rascándose la cabeza.




lunes, 21 de mayo de 2018

Tráfico interno III



  Serafín, el funcionario encargado de los ingresos, recibió a Rubirrosa en cuanto éste cruzó la puerta de entrada de la prisión. Siguiendo en procedimiento habitual, le tomó las huellas con el fin de identificarlo, y le solicitó que dejase todos los objetos prohibidos en el interior del Centro (móvil, dinero, joyas, pero también su documentación y sus llaves) en un sobre grande que se encargó de guardar. Después, lo hizo pasar a una habitación reservada, donde lo sometió a un cacheo con desnudo integral que, como era de esperar, no arrojó resultado alguno. Y, por último, lo acompañó hasta la 'culera', situada en el módulo de aislamiento de la prisión. Allí, puso a Rubirrosa bajo la tutela de Alejandro, el funcionario responsable del departamento aquel día, y regresó al departamento de ingresos.

 Para entonces, Vanessa y yo ya nos habíamos puesto manos a la obra con el cacheo.
 Rubirrosa había regresado de permiso con dos bultos. Uno era una pequeña mochila, que entregué a Vanessa, y otro el petate de color verde caqui que Instituciones Penitenciarias entrega a todos los internos a su ingreso en prisión. Vacié el petate encima de la mesa de cacheo, procurando que la ropa del interior no se desparramase demasiado. Porque  cachear un equipaje es una tarea ordenada y metódica, que a veces en las series de la tele sale el típico garrulo uniformado tirando prendas por el aire y eso parece Triqui en la fábrica de Fontaneda.  La realidad no es así. Además, la ropa que tires al suelo la tienes que recoger tú, que una cosa es cachear y otra putear a los internos.

 Bueno, el caso es que me puse frente a mi montoncito de ropa, me enfundé un par de guantes de látex,y le expliqué a Vanessa los truquillos del oficio. Que tampoco son tantos.
Coger la prenda que vayas a cachear con precaución, en un primer momento. Porque nunca sabes si va a haber escondida dentro una jeringuilla, o una cuchilla, y podrías cortarte.
Desdoblar todo con cuidado. Desenrollar calcetines y ropa interior. No dejar ningún bolsillo sin mirar, y para ello, procurar mirarlos siempre en un orden predeterminado.
Extender la ropa encima de una mesa, para poder pasar la mano por costuras y demás con el fin de notar objetos cosidos en su interior, y poca cosa más. Hice yo un par de prendas a modo de muestra, y después le entregué a Vanessa la mochila pequeña para que se encargase de ella, quedándome yo, que tenía más práctica e iba más rápido, con el batiburrillo de ropa que habíamos sacado del petate. Vanessa se situó a mi derecha, frente a una mesa de cacheo un poco más pequeña. Comenzó a abrir la cremallera de la mochila, bajé la vista para seguir con mi tarea, y entonces la oí gritar.

 Me giré a tiempo para ver cómo Vanessa soltaba la mochila, que hasta ese momento había sujetado en su mano izquierda, y cómo, de su mano derecha, caía un objeto negro y cilíndrico. Era del tamaño aproximado de una lata de bebida energética de esas que hacen ahora, más largas y estrechas, y desapareció debajo de un mueble archivador con un extraño rodar vacilante e irregular.

  - ¡PERO QUÉ PUTO ASCO, ME CAGO EN DIOS!.- Vanessa respiraba agitadamente, y las comisuras de sus labios, dobladas hacia abajo en una mueca de un profundo desagrado, casi tocaban la el borde inferior de su mandíbula. No la conocía mucho, pero si atendíamos a la cadenilla de oro con un crucifijo y una medalla de la virgen que colgaba de su cuello, tampoco debía ser la clase de persona que se caga en Dios hasta para pedir la hora.
 Al cabo de un instante, se apoyó con ambas manos en la mesa, y su respiración se fue regularizando. Estaba pálida. Me agaché para mirar bajo el archivador. En la oscuridad de debajo del mueble, entre bolas de pelusa, aquello, fuese lo que fuese, estaba tiritando. Agucé la vista, pero la cosa no se vio más clara. La verdad, no sabía que hacer.
Aún apoyada en la mesa, Vanessa por fin dejó de hacer ruido al respirar, y entonces lo oí. De la parte inferior del archivador salía una especie de ronroneo. Aquello estaba vivo. Faltaba averiguar qué era.

 En un primer momento, antes de oírlo ronronear, pensé en sacar el objeto misterioso de su escondrijo usando en palo de una escoba, pero el hecho de que aquello pudiese ser una especie de animal me llevó a reconsiderar mi plan. No me apetecía tener a una rata, o hurón, o lo que cojones fuera, corriendo asustado por la habitación, porque igual entonces el que se asustaba y se cagaba en Dios iba a ser yo. Y no quería dar esa imagen delante de una práctica, me dije a mi mismo. Aunque en el fondo, lo que no quería era llevarme el susto, las cosas como son.

 Miré a mi alrededor. Colgada de su cargador de pared, había una linterna de seguridad, de acero inoxidable, unos cuarenta centímetros de largo y no menos de dos kilos de peso. Servía tanto para dar luz como de porra, llegado el caso, aunque ese segundo uso era manifiestamente antirreglamentario. Antirreglamentario usarlo contra los internos, pensé. No contra 'eso', sea lo que sea. Así que saqué la linterna de su soporte, me volví a agachar, y conseguí echar algo de luz sobre aquel misterio.

 Por suerte, no era un ser vivo. Agazapado bajo el archivador, se ofreció a mi vista un consolador marrón muy oscuro, 'del color de la Coca-Cola', que cantaría Fito, y tamaño más que mediano. Estaba encendido, y de ahí provenían el retemblor y el zumbido que me habían asustado. Probablemente Vanessa lo había conectado sin querer al meter la mano en la mochila, y la sorpresa, y luego la repulsión, habían hecho el resto.

  Usé la linterna como ayuda para alcanzar el juguete sexual, que salió rodando por el lado izquierdo del mueble. Me puse en pie, dejé la linterna en su sitio, sacudí el polvo del suelo de mi uniforme y, por último, recogí el vibrador del suelo.
  Me giré hacia Vanessa. Su cara habían recuperado el color, pero el rictus de asco seguía exactamente igual. Levanté la mano derecha, en la que sujetaba orgulloso mi presa. Su cara de repugnancia se acentuó más aún , algo que no habría creído que pudiera ser posible.

 - Suelta eso. A saber donde habrá estado-, me dijo.

 - A saber donde NO ha estado-, respondí con un guiño, en un vano intento de quitarle hierro al asunto. Vanessa me fulminó con la mirada, así que decidí dejarlo ahí, tanto lo del humor, como el artefacto. Giré su base en sentido contrario a las agujas del reloj para apagarlo, y lo dejé sobre la mesa de cacheo.
Vanessa me miró, suspicaz. Me di cuenta de por qué. Había desconectado el cacharro sin necesidad de mirar cómo funcionaba, señal de que no era el primero que tenía en las manos. Y antes de que pudiera hacer ningún comentario ingenioso, decidí cambiar de tema.

 - Voy a llamar al Jefe a preguntarle qué hacemos con el chisme éste.- Y, guardando el vibrador en una bolsita de plástico, salí del cuarto de cacheos quitándome los guantes muy dignamente .

sábado, 5 de mayo de 2018

Tráfico Interno II



   Y Montenegro, aquel domingo, poco después del desayuno, cantó. No nos contó toda la historia, claro, porque en aquel momento nosotros ignorábamos que él era el segundo en discordia, y que lo que pretendía era deshacerse de su rival. Montenegro nos contó una historia en la que había, como en todas las buenas historias, un poco de verdad y un poco de mentira.

  La mentira era que nos contaba ésto porque no quería que, en un cacheo de la celda que compartía con Rubirrosa, nos encontrásemos con un alijo y tuviera que comerse el marrón él. Y las verdades, que Rubirrosa iba a pasar material. Que había escogido regresar de permiso un domingo de manera intencionada, y no cualquier domingo, sino ese domingo en concreto.
 Porque ese domingo, nos aclaró Montenegro, en la capital, que estaba a menos de una hora en coche, había un partido de fútbol de esos de máximo riesgo. Y Rubirrosa (y Montenegro, y cualquier interno en el Centro Penitenciario capaz de distinguir su culo de un vespino) sabía que, cuando se celebraban esos eventos, la Guardia Civil de todos los destacamentos limítrofes con la capital se llevaba sus perros antidroga para controlar los accesos al estadio. Y además, nos informó Montenegro por si no lo sabíamos, (que sí que lo sabíamos, como lo sabían todos los internos además de nosotros) todos los Guardias Civiles de servicio que no fuesen imprescindibles para mantener la vigilancia del perímetro de la prisión se habrían desplazado hasta Madrid para colaborar en el dispositivo de seguridad del encuentro. Por lo que, con casi total seguridad, no habría los efectivos suficientes como para montar una conducción que nos permitiese trasladar a Rubirrosa al hospital más cercano para sacarle unas radiografías.

 Porque, como nos aclaró Montenegro ya para finalizar, Rubirrosa pensaba pasar los huevos 'Kinder' de chocolate (que en realidad no eran huevos 'Kinder', sino los recipientes amarillos de plástico en los que éstos esconden el regalo sorpresa, y no eran de chocolate, claro, sino de hachís), pensaba pasarlos, digo, empetados. Metidos en el culo, vaya, remarcó. Por si, a pesar de todos los años de servicio que acumulábamos entre Jorge, el Jefe de Servicios, y yo, no teníamos claro un concepto tan básico. Lo teníamos, por supuesto. Muy a nuestro pesar, ya eran muchos años viendo a gente meterse y sacarse cosas varias del cuerpo.

 Finalmente, Montenegro dio por finalizada su confesión, y Jorge le envió de vuelta a su módulo, agradeciéndole su sincero interés en colaborar con la seguridad del centro. Que yo pensé que el interno se iba a tomar a mal el sarcasmo, porque había que estar anestesiado para no notarlo. Pero, para mi sorpresa, Montenegro se despidió sin comentar nada. Muy posiblemente sí que  estuviese anestesiado, o algo parecido.

 Jorge me miró. le devolví la mirada y me encogí de hombros, cediéndole la iniciativa. Para eso eres el jefe, pensé. Organiza el operativo.

 - Ya llamo yo a Serafín para que se encargue del 'pollo'. Tu vete a la oficina de ingresos y cuando llegue, le cacheas las pertenencias.- Decidió. Y, tras un instante de silencio, cuando ya me empezaba a girar para abandonar la oficina de Jefatura, añadió:
 - Y llévate a Vanessa, que vaya viendo cómo se hace un cacheo.- Asentí con la cabeza, y salí de la habitación.
 Había tenido suerte. Que me tocase cachear el petate del interno significaba que no iba a tener que quedarme a vigilarlo en la 'culera', la celda provista de un espejo de doble dirección en la que encerrábamos a los internos que venían 'cargados'. En ella, aparte de un bloque de hormigón sin aristas que sirve a modo de camastro, no hay absolutamente nada. Ni muebles, ni esquinas, ni siquiera fisuras en la pared. Ningún lugar en el que en interno encerrado en ella pueda ocultar lo que quiera que sea que está intentando pasar de contrabando.
 Bueno, sí que hay una cosa más, claro. Hay un retrete, y uno muy especial. Del lado de la celda es una taza normal, si bien que con la cisterna fuera de la habitación para evitar que alguien pudiera intentar ocultar algo en ella. Pero al otro lado de la pared, debajo del espejo bidireccional, la tubería que sale de la taza desemboca en un colector abierto, provisto de una rejilla para que todo aquello que pudiera haber sido expulsado en el retrete se quede ahí. Todo.

 Que te toque vigilar la 'culera' es un marrón, y perdonad por el chiste fácil, y librarme de ello me había alegrado la mañana. Recogí a Vanessa en el rastrillo de acceso de uno de los módulos, me hice con una caja de guantes de látex, y nos sentamos a esperar la llegada de Rubirrosa en la oficina de Ingresos. No se hizo esperar mucho.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Tráfico interno



  Aquel domingo, porque era un domingo, y eso es importante, porque si no hubiera sido un domingo nos hubiéramos ahorrado todo lo que pasó después, me tocó cachear. Me acompañó Vanessa, y no porque realmente hubiese mucho que cachear, sino porque Vanessa era una joven funcionaria en prácticas y Jorge, el jefe de Servicios de guardia aquel domingo, decidió que era un buen momento para que un veterano como era yo le enseñase los dos o tres trucos del oficio. Los que que diferencian un cacheo competente de simplemente alborotar un petate. Porque era domingo, entre otras cosas, y había poco trabajo en la prisión y el Jefe podía permitirse el lujo de poner a dos funcionarios a hacer el trabajo de uno sólo.

  Y realmente no había mucho que cachear, pero era importante hacerlo, y hacerlo bien. O al menos que pareciese que lo habíamos hecho bien. Aquel domingo sólo regresaba un interno de permiso, porque los internos intentan conseguir que sus permisos acaben los lunes para disfrutar así del fin de semana. Pero, por supuesto, pueden solicitar disfrutar sus permisos en las fechas que crean conveniente. Y cuando Rubirrosa, que así era como se apellidaba el interno - y que es un apellido precioso, una paradoja en un hijo de puta como era él- solicitó salir a disfrutar su permiso de seis días el lunes para así incorporarse el domingo por la mañana, nadie en la Junta de Tratamiento hizo ninguna pregunta, y se lo concedieron sin más. Porque, en el fondo, tampoco había ningún motivo por el que no dárselo.

   Y no lo hubo hasta un par de horas antes  de que entrase por la puerta del Centro Penitenciario, a tiempo apenas para organizar su recepción. Montenegro, otro interno con un bonito apellido pero con un feo historial, solicitó una audiencia con el Jefe de Servicios aquel mismo domingo, justo después de desayunar. Y le contó muchas cosas sobre Rubirrosa, porque Montenegro no solo compartía módulo (el cinco) con él. También compartía nacionalidad (ambos eran dominicanos) y celda y se rumoreaba que, durante algún tiempo, incluso habían sido compañeros de cama.
   Aunque, por encima de todo lo que les unía, que era mucho, había algo que les separaba. Algo importante, que había acabado propiciando que su bonita relación de amistad (y algo más, se rumoreaba) derivase en un enfrentamiento abierto.
Ambos intentaban dominar el  mercado del hachís dentro del patio del módulo 5, que era como decir de todo el talego , porque los otros departamentos eran pequeños y dependían del 5, el principal.

En un principio llevaban el negocio juntos. Montenegro estaba autorizado a salir de permiso en ocasiones, pero Rubirrosa no. Montenegro, así, se encargaba de meter el material, y Rubirrosa de distribuirlo por la prisión y cobrar las deudas. El equipo funcionó a la perfección casi un año, hasta que Rubirrosa pasó a conseguir salir a su vez de permiso, y se dio cuenta de que no necesitaba a Montenegro para nada. Al menos, para nada 'profesional'.
Y así, tras salir de permiso un par de veces, Rubirrosa se había hecho con sus propios contactos en el exterior, y había empezado a pasar su propio material. Montenegro no se había quedado atrás, encargándose a su vez de vender su propia mercancía, y poco a poco, gracias al exceso de oferta, el módulo 5, y toda la prisión con él, se había impregnado de un dulzón olor a zoco (o a instituto, que yo en un zoco pocas veces he estado, pero en un instituto sí. Y en aquellos días, un paseo por el patio del 5 era para mí un viaje por la memoria de mi juventud).

  No hace falta decir que al Director del Centro aquello no le estaba haciendo gracia, y en la frecuencia de los cacheos en las celdas y a internos al azar había aumentado exponencialmente. Pero más allá de unos cuantos porros incautados, y un par de 'pinchos' que detectamos como efecto colateral, la cosa había dado poco resultado. Necesitábamos un chivatazo. Y el chivatazo llegó, como siempre, de manos del único que está siempre descontento cuando la venta de drogas en el patio está funcionando bien.
El camello beta. El aspirante.


lunes, 16 de abril de 2018

Rabia II



  El interno dejó de balancearse un momento, y el ruido de fricción que acompañaba sus movimientos se detuvo con él. Empezaba a hacer calor.
  Dejó en el suelo un trozo de plástico blanco que sujetaba en su mano izquierda, y se sacó la chaqueta de chándal. Una chaqueta de un célebre colegio católico de Madrid, de talla infantil, que le había proporcionado la administración del Centro Penitenciario con la colaboración de una ONG. Como se hacía y se hace con todos los internos insolventes.
 Volvió a ponerse en cuclillas y recogió la pieza de plástico blanco que había dejado hacía un instante. Apoyó uno de sus extremos contra el cemento abrasivo del suelo, como se apoyaría una espátula contra una superficie a raspar, y comenzó a mecerse de nuevo. El ruido de rozamiento se reanudó también, monótono. Con cada movimiento el mango de escobilla del retrete, pues eso es lo que era, se iba limando y puliendo, hasta convertirse en un estilete de más de veinticinco centímetros de largo.

 La mayoría de internos se conforman con fabricar punzones, o pequeños cuchillos. Son armas disuasorias, principalmente con una finalidad preventiva (tienes menos posibilidades de ser agredido si vas 'empalmado'). Llegado el caso, también sirven para defenderse en caso de ataque, o para dar un 'aviso' a un acreedor. Un pinchacito.
 Pero pocas veces alcanzan el tamaño de lo que estaba fabricando José Tenorio. Porque José Tenorio, en el fondo, tampoco quería disuadir a nadie de nada. Ni dar pinchacitos.

 Poco a poco, José fue enterrando de nuevo su cabeza entre las rodillas, sumergiéndose en sus recuerdos. Volvió al barrio de chabolas de Puertollano, de donde un joven sacerdote lo había recogido para enseñarle a leer y escribir, en unas clases que supuestamente eran de catequesis pero que habían acabado siendo una campaña de alfabetización. Allí había aprendido las operaciones de cálculo básicas, también. Y que era zurdo.
 Guardaba buen recuerdo de las clases. El cura era amable, todo el mundo se trataba con respeto. Y le daban la merienda. Pero eso también terminó. Y como las demás veces, sin que él tuviera la culpa de nada. Bueno, esta vez un poco sí.

 Una tarde coincidió en la clases de la parroquia con uno de los niños de la chabola adyacente a la suya. Era dos o tres años más joven que el pero, como la mayoría de niños, ya era bastante más alto. Y como todos los niños, y muchos adultos, cometió el error de subestimar a un adversario tan sólo por su tamaño.
  Comenzó insultando a su madre. Pero eso no le afectó. Sabía lo que era su madre, pero no le importaba, porque ella tampoco le importaba. Luego siguió metiéndose con su baja estatura. Eso ya le molestó más. Pero era algo que a sus catorce años empezaba a asumir, así que respiró hondo para calmarse, y a punto estuvo de conseguir que el halo rojo que empezaba a velar su mirada se desvaneciese.
 Entonces, el muchacho (el niño, que apenas tendría once años) se acordó de la hermana de José, y de cómo había desaparecido. Y la comparó con su madre. Y le dijo que se había marchado para no verlo más. Y lo empujó.Y entonces José, que no soportaba el contacto físico, lo vio todo rojo de nuevo, y lo último que recordaba antes de recobrar la cordura en el asiento de atrás del coche patrulla era a él saltando, agarrando al otro muchacho por la cabeza. Y el sabor metálico y salvaje de su sangre cuando le mordió en la mejilla.
 La siguiente vez, y última, que vio a aquel infeliz fue en el Juzgado de Menores de Ciudad Real. Los médicos habían hecho lo que habían podido, pero a su mejilla derecha le faltaba bastante carne, y cada vez que cerraba el ojo derecho su boca se estiraba en una especie de horrible media sonrisa. José no se sentía orgulloso de lo que había hecho. Pero al verlo, al darse cuenta del daño que podía causar  a aquellos que intentaban hacerle daño, por primera vez en su vida se sintió poderoso.

Y a partir de aquel día, ya no soportó los golpes ni los insultos de nadie.

Un par de años después abandonó el reformatorio y volvió a Puertollano. Su madre ya no estaba, y las chabolas habían sido arrasadas para dejar espacio a los nuevos barrios en desarrollo. Sin tener a donde ir, José Tenorio empezó una carrera delictiva como adulto que le hizo entrar y salir de la cárcel con la soltura con la que otros entran y salen de los locales de una zona de copas.  Y  unos cuantos años, varias decenas de robos y dos homicidios después (uno de ellos estando en prisión), se encontraba cumpliendo condena en el  módulo de primer grado de un Centro Penitenciario del sur de Aragón cuando el jefe de Servicios que estaba de guardia aquel día le hizo llamar a su despacho.

 El Jefe de Servicios le hizo sentarse frente a él, y con voz grave y cara de circunstancias le informó de la muerte de su madre. Y le dio el pésame. José Tenorio no supo qué decir.
 La última vez que había pensado en su madre había sido hacía varios años cuando, tras un reconocimiento médico completo en un Centro Penitenciario de Cantabria, una joven doctora le había preguntado por qué sus padres no le habían tratado de su enfermedad. Ante la sorpresa de ambos (José no sabía de qué le estaban hablando, y la doctora no podía creer que nadie se lo hubiera dicho antes), la joven había acabado por explicarle que su corta estatura no se debía a los genes, y que no era un enano, sino que sufría una simple deficiencia en la hormona del crecimiento. Algo perfectamente tratable y cubierto por la Seguridad Social, que de haber sido corregido a tiempo, le habría permitido disfrutar de una estatura normal.
 José recordó en aquel momento todas las veces que le habían llamado enano. Las veces que alguna chica que le gustaba lo había rechazado porque no quería pasear al lado de alguien a quien le sacaba una cabeza de estatura. Las veces, también, que habían intentado abusar de él en prisión aquellos que no veían en él más que una víctima fácil, y habían acabado por descubrir que era más sencillo y placentero follar con un escorpión antes que con José Tenorio. Y todo se juntó a la vez, y vio a su madre delante de él. A aquella hija de puta que ni siquiera se había molestado en darle un tratamiento que le permitiera ser una persona normal y no un niño de treinta años. Y empezó a verlo todo rojo, y la joven doctora  estuvo a punto de pagar unos platos que no había roto ella. Pero tuvo suerte, y un fornido interno ordenanza de enfermería, un asturiano que había sido feriante, había conseguido reducir a José antes de que le rompiese la tráquea a la doctora, por el expeditivo método de golpearlo en la nuca con un orinal de cama metálico.

  El Jefe de servicios le había sacado de sus recuerdos al mencionar algo de un permiso. Que por lo visto le concedían, si lo quería, un permiso extraordinario para acudir al entierro de su madre. Estuvo a punto de decir que no, porque lo cierto es que no le veía ningún sentido a aquello. Pero llevaba años sin salir de aquel centro, y en el fondo, cuando tu vida es sólo monotonía, cualquier cambio se agradece.

 Y así era como José Tenorio había acabado en aquel patio de una prisión de Madrid. Solo, como a él le gustaba estar. Recordando su vida, porque sus recuerdos, aunque amargos, eran lo único que tenía. Hacía unos minutos, el funcionario del módulo de ingresos le había informado de que en unos minutos, en cuanto acabasen de registrar a un interno recién llegado, el mismo furgón celular que había traído a éste le conduciría hasta Puertollano para asistir al funeral de su madre.

 Su madre. 'Hija de puta', pensó, mientras el velo rojo comenzaba a nublar su mirada y su entendimiento, y apretó con fuerza la mano izquierda, con la que asía la escobilla convertida en arma letal. 'Relájate', pensó, cerrando los ojos. 'Respira hondo'.

Un cambio en la luz le puso alerta. Algo se había interpuesto entre él y el sol, tapándole la luz. No algo, alguien. Había alguien más en el patio, probablemente el interno que acababa de llegar en la conducción. José se puso nervioso, por la compañía, y por no haber sido capaz de detectarla antes de tenerla al lado. El velo rojo empezó a caer de nuevo, y pese a sus intentos de calmarse, José sintió que estaba empezando a perder el control. Su nuevo compañero rompió el silencio.

  - Eh, subnormal. Dame tu tabaco.-

Y entonces, José notó una patadita en su tobillo. Y como le dijo luego al juez, a partir de ahí, ya no recordaba nada más.