jueves, 10 de noviembre de 2016

Día de cobro

La noche ha sido larga, y me la he pasado sin pegar ojo. Al levantarme, la visita matutina al baño me ha confirmado lo que la hormigonera que he tenido en el estómago desde ayer me había hecho sospechar: Diarrea. (Bueno, estoy algo suelto. Perdona cariño). 

Si ya es algo que me joderia cualquier día, hoy es mucho peor. Porque hoy tengo que atender la ventanilla del patio del módulo 3. Y porque hoy es miércoles, día de cobro. 

Os explico un poco como va: Los miércoles se les cargan a los internos unas tarjetas con el dinero que sus familiares les ingresan, o con el que ganan trabajando. El problema viene cuando los familiares les ingresan el dinero fuera de plazo (a veces pasa), cuando les dicen que les han ingresado dinero y no lo han hecho (con cierta frecuencia) o cuando, a sabiendas de que nadie le iba a ingresar ni un euro, el interno ha estado pidiendo fiado a sus compañeros con la promesa de que el miércoles devolvería lo prestado con intereses (unos intereses que hacen parecer a Cofidis una ONG). 


Es sobre todo en este último supuesto cuando, tras fingir sorpresa al ir a pagar al economato y encontrarse sin saldo, los deudores vienen a mi ventanilla a exigir que compruebe los ingresos. Porque eso tiene que estar ahí, sabusté, que a mi mi familia me ha ingresao el peculio. Todo esto con grandes aspavientos. Para que los acreedores lo vean, ya sabéis.


El caso es que hoy no estoy para aguantar mierdas que no sean las mías, que ya bastante es, y según he entrado a las 7:30 me he currado un simpático cartelito en el que conmino a los internos disconformes con el saldo de su tarjeta a quejarse mediante instancia por triplicado, y lo he colgado en el exterior de mi ventanilla. A ver si pasaba una mañana tranquila.


El resultado ha sido el esperado; Un montón de internos se ha acercado a preguntar si ese cartel significaba que se habían producido errores en la recarga. Y por supuesto, los que debían dinero me han dado la chapa igual. Porque si las opciones son hacer aspavientos delante del funcionario durante cinco minutos, o entrar a las duchas a enfrentarse a la ira, o a la lujuria, o a ambas a la vez, de Dimitri el prestamista, la decisión está clara.

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