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El sustituto II

  La interrupción disgustó a Eulogio. Todas las interrupciones lo disgustaban, igual que lo disgustaba el futuro, y varias cosas más. Pero esa interrupción lo disgustó especialmente.   Por la puerta entró Aquilino, el Subdirector de Tratamiento. Otro 'joven advenedizo', a su modo de ver, y eso a pesar de que Aquilino ya pasaba de los cuarenta. Un advenedizo, además, que unía a esta poco deseable característica la de haber entrado en Instituciones Penitenciarias directamente como psicólogo -sin haber, por tanto, pisado nunca un patio ni vestido el uniforme del Cuerpo- y, sobre todo, la de ser el superior inmediato de Eulogio. Eulogio lo despreciaba profundamente, y si ese desprecio no era correspondido en la misma medida se debía simplemente a que, como suele pasar entre mandos y subordinados, los primeros suelen pasar bastante de los segundos.   Y no venía sólo. Tras él entró un chaval , que ni siquiera alcanzaba la categoría de advenedizo. Eso era un puto 'hippie'.

El sustituto I

 El tiempo pasaba despacio en el despacho de los educadores. Eulogio, el más veterano de entre ellos, permanecía recostado en su silla con la mirada perdida en una estrecha grieta del techo. No era mayor que un cabello humano, pero en el techo blanco y casi recién pintado, destacaba como una trinchera en un campo nevado. 'Construyen como el culo', pensó. 'Alguien se lo ha llevado calentito'. Aquel centro penitenciario no llevaba ni seis meses en funcionamiento, y ya empezaban a notarse lo que a su juicio eran imperdonables deficiencias constructivas.   Eulogio se removió en su silla, molesto ante lo injusto de la vida, una vida en la que cualquier trepa semianalfabeto podía especular en el mundo de la construcción pero en la que él, un veterano de instituciones penitenciarias con casi treinta años de servicio, se tenía que contentar con un sueldo de mierda. Pero se removió con cuidado. Sus casi ciento treinta kilos no le permitían grandes alardes, y la silla, una sil

In itinere

Ayer por la mañana, mientras me dirigía a mi centro de destino y a la altura de Las Navas de San Antonio, me pararon en un control de la Guardia Civil. Los coches íbamos pasando en una hilera ralentizada por conos y demás parafernalia y, cuando el Guardia me  vio, no dudó en indicarme con el dedo que me echase a un lado. Lo normal, pensé, con estos pelos y esta barba. Aunque, mientras detenía mi mugroso Alfa en el arcén, caí en la cuenta de que hace meses que me corté el pelo, y que hoy barba la llevan hasta algunas mujeres. 'Bueno', me dije, 'se ve que aún conservo un cierto deje canalla'. Y una leve sonrisa se asomó a mis labios. En esas estaba pensando yo cuando el agente encargado del operativo se acercó a la ventana y me pidió mi carnet de conducir y los papeles del vehículo. Mientras los comprobaba, le pregunté si me podía bajar del coche y aprovechar la parada para estirar las piernas. Él me indicó que sí con un gesto y, en cuanto salí, me devolvió mi documenta

Incompatibilidad

  - Pues parece que ahora las están concediendo.-    Alejandro estuvo a punto de caerse de la silla. Se acababa de quedar dormido, aprovechando un breve silencio en el monótono parloteo de Gerardo 'el chapas', su compañero aquella tarde. Bueno, que en realidad no era su compañero de aquella tarde.   Gerardo era funcionario de área mixta, y se encargaba de la seguridad de uno de los talleres productivos de aquel Centro Penitenciario. Pero era la hora de la siesta, el taller estaba vacío, y Gerardo, que llevaba mal la soledad, había abandonado sus dominios para buscar un oído que le permitiese hacer honor a su apodo. Y en Alejandro, que tenía la mala suerte aquella tarde de ocupar el puesto de encargado del acceso del módulo 5, lo había encontrado.   Alejandro carraspeó, abrió y cerró varias veces los ojos para eliminar esa pegajosa sensación que queda en los párpados cuando a uno lo despiertan a destiempo, y se retrepó en su silla buscando una postura medianamente vertical