sábado, 24 de diciembre de 2016

Vuelve, a casa vuelve...

Desde hace años no se convocan concursos de traslado. Muchos compañeros y yo llevamos años, incluso décadas, lejos de nuestras familias esperando que suene la flauta y podamos solicitar un cambio de destino. Hoy vuelvo a estar en el tren de camino a casa. En las pantallas, empieza la película. El título está escrito en inglés, los actores son americanos. Un cincuentón completamente rapado y perfumado como una profesional del sexo me pregunta si quiero auriculares con una tímida sonrisa, mientras me mira fijamente a los ojos y parpadea varias veces con la velocidad del aleteo de un colibrí. Esto mismo me lo hace Olivia Wilde y me tengo que ir a la maleta a por una muda, pero un calvo talludito... No. Al menos, hoy no.
El caso es que da la impresión de que el que coja los cascos es de gran importancia para el, así que, en parte por no hacerle un feo, y en parte porque parece que, por fin, RENFE no va a flagelar mis sentidos con otra película francesa, acerco mi mano muuy lentamente a la bolsa de plástico en la que el empleado porta los auriculares. La meto (la mano)  con mucho cuidado, y saco una cajita color morado que acerco a mí con recelo, como si los ocupantes del vagón fuesemos náufragos sorteando a la pajita más corta a quien nos vamos a comer hoy.
El azafato, o como quiera que se denomine su profesión, continúa pasillo adelante seduciendo al resto de viajeros. Saco los auriculares de su cajita, me los pongo y empiezo a seguir el argumento. En la pantalla, varias parejas de edad más o menos madura discuten y se rompen, y sus miembros empiezan a relacionarse libremente entre ellos.
Me huelo la tostada, y una rápida busca en Google confirma mis temores: Es la versión americana de un ¿éxito? del ¿cine? francés. Un escalofrío recorre mi espalda, y, como si de repente los cascos hubiesen cobrado vida, me los arranco de un tirón y los lanzo al medio del pasillo. Me quedo sentado en mi asiento, agarrado a los apoyabrazos y con los nudillos blancos de la tensión, mientras pienso si pisotear los puntos cascos como se pisaría a una alimaña.
Astutos ferroviarios, casi me la cuelan esta vez. Esto ya es personal.
Cuando vuelva a pasar el azafato le haré la zancadilla. Y eso será sólo el principio.

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