martes, 20 de diciembre de 2016

Juego de rol

  Nuestra pequeña sociedad no es tan diferente de muchas otras que hay en el exterior. Pero es un ambiente muy cerrado, y como en todos los ambientes cerrados, al principio cuesta hacerse un hueco. Entre otras cosas, porque no sabes que huecos hay, y cuál es el adecuado para ti. Muchos dirán que, vaya, en pocos sitios tu rol está más claro: Eres el guardia, bobo. El puto carcelero. Llevas el uniforme y la porra (en realidad no llevamos porra, pero eso la mayoría de la gente no lo sabe), y además pocos personajes hay tan planos como el de un funcionario de prisiones. Al menos si atendemos al cine: Un tipo con cara de malo, que abre y cierra puertas mientras los personajes interesantes, que son el delincuente malvado pero carismático y el detective brillante pero atormentado, se lanzan pullas con segunda intención a ambos lados de la mesa de la sala de comunicaciones (Un apunte: en todos estos años de servicio, he tenido el gusto de encontrarme con tantos delincuentes carismáticos como detectives atormentados. Echad la cuenta) .
  Con un poco de suerte el funcionario de la peli será un villano de verdad, con carácter, como el Clancy Brown de mi avatar (que no se en qué estaban pensando cuando le dieron en ese talego la plaza de Jefe de Servicios al Kurgan, pero olé sus huevos), o  un personaje que realmente te llegue y te motive, como Tom Hanks y David Morse en 'La Milla Verde'. O mejor aún, Billy Bob Thornton picándole el billete a Halle Berry en 'Monster´s Ball', la obra que, he de confesarlo, me inspiró definitivamente a buscar una carrera profesional intramuros.

  El caso es que llega el día que te encuentras en  un patio, con tu uniforme real y tu porra imaginaria, y observado con igual atención por internos y compañeros veteranos. Y entonces, y en vista de que mi plan de actuación se había ido por el desagüe porque Halle Berry no aparecía por ningún sitio (sigo buscando aún ahora), pues me fui a lo fácil; Abrir y cerrar puertas con cara de malo, e intentar pasar desapercibido.

  Desgraciadamente es un patrón de conducta que se puede mantener poco tiempo. La gente tiene la costumbre de comunicarse verbalmente la una con la otra, y te preguntan de donde eres, como te llamas... O cosas relacionadas con tu curro, como plazos de presentación de instancias y todos esos rollos. Así que tienes dos opciones: O vas de bueno, y te conviertes en una 'madre', con todo lo que eso conlleva (principalmente, que vas a pasarte el día aguantando rollos de los internos, que simplemente se aburren y quieren que alguien los escuche, o pedirte pequeños favores) o vas de malo, y entonces también tendrás más trabajo porque cada vez que haya un marrón o algún jaleo te van a llamar a ti para que eches una mano. Si te pasas de malo también puede ser que un día que estés sólo, pensando lo malvado que eres y frotándote las manos, un interno te eche una manta encima y te cosan a patadas. No serías el primero.

  ¿Qué camino tomé yo?. Pues ninguno, como la mayoría de las veces. Ahí estaba yo, pensando qué camino tomar, cuando el camino vino a mí, de golpe y porrazo. Y nunca mejor dicho.


En todos los centros penitenciarios se hacen varios recuentos al día. Mínimo tres, a los relevos de mañana, mediodía y noche. En ellos simplemente contamos los internos presentes en el centro, asegurándonos de su correcto estado de salud (que estén vivos, vaya). En algunos centros, para asegurarse de esto último sin asomo de duda, se exige a los internos que permanezcan en pie durante la realización del mencionado recuento, y que además estén mínimamente vestidos, por una cuestión de decoro. El caso es que el no estar de pie y cubierto cuando se abre la celda puede ser motivo de parte y sanción, aunque eso ya depende un poco de si el interno suele reincidir en su comportamiento.

En la  ocasión que nos ocupa estaba yo haciendo el recuento de las siete y media de la mañana, pasando una llave que parecía el sacudecolchones con el que Don Pantuflo les atizaba a Zipi y Zape, y descorriendo con fuerza unos cerrojos gruesos, como... Bueno, como los cerrojos de un penal. Como penes de hombre adulto. Y haciendo bastante ruido con ellos, para que nadie pudiese argumentar que se había quedado dormido porque no me había oído llegar. Entonces, al abrir una celda, me encontré que se habían quedado dormidos los dos ocupantes de la misma. Tampoco pasa nada, ya os digo que la sanción por esto depende de si pasa con frecuencia, y no era en absoluto el caso. Encendí la luz,  y golpeé varias veces la puerta metálica con el mango del cerrojo.

  - ¡VENGAAAAAA SEÑORES!¡ARRIBA!-
A mis gritos, el ocupante de la litera de abajo se sentó en el borde de la cama, todavía visiblemente dormido. El interno que dormía en la cama superior, más vivo, o más sorprendido, saltó de la misma al suelo... Para caer a horcajadas sobre la nuca de su compañero, golpeando con los genitales en el cogote del mismo. Éste, el de abajo, se dobló por el peso, pegándose con la cara contra sus propias rodillas y mordiéndose un labio, y su jinete salió rebotado hacia adelante, impactando con la cara contra la pared desnuda de la celda. Una cara que llevaba desprotegida porque, en el momento del primer choque, se había agarrado la entrepierna a causa del agudo dolor que el mismo le había causado.
  Momentos después, y mientras varios internos empezaban a asomar por sus puertas para ver por qué el recuento se había interrumpido, salí de la celda de los dormilones sujetando por los hombros a uno con la nariz partida y que andaba como el ganador de un rodeo, mientras el otro renqueaba tras de mí completamente doblado y escupiendo sangre. Hay que decir una cosa: Los internos  de la galería no se lo acababan de creer, Pero lo de mis compañeros... Amigos, aquello fue un festival de caras.

Al que no le hizo ni puta gracia fue al Subdirector Médico, que estaba de guardia aquel día, y que no se acabó de creer mi versión. Pero no me importó demasiado. Cuando los dos internos volvieron al patio, aquella tarde, no sé qué debieron contar al resto (quizá les daba vergüenza reconocer su torpeza, o lo más probable es que se hubiesen quedado dormidos con la ayuda de alguna sustancia, y lo mismo ni aún ahora tienen muy claro lo que pasó aquel día). El caso es que, a partir de entonces, nadie se acercaba a mí para que le sellara una instancia.

Un éxito.


1 comentario:

  1. Que bueno, me imagino la escena y terminando con una voz en off relatando

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