viernes, 30 de diciembre de 2016

Malas noticias II

Picón Frutos se tomó bien lo de su abuelo, quizá porque no le quedaba más remedio. Siempre puede uno rebotarse, pero lo cierto es que en este caso le podría haber salido caro; Estar en el módulo de respeto es un privilegio difícil de ganar y fácil de perder. Y ponerse borde con un funcionario te quita puntos.
  Porque en este hotel funciona todo a base de palo y zanahoria. No sólo con los internos, para que nos vamos a engañar. Hace unos años toda la plantilla sentía una viva ilusión por pasar la noche de reyes con sus hijos, disfrazarse de Baltasar y todo ese rollo. Desde que pagan un dinerillo extra por hacer esa guardia, ese entusiasmo se ha templado hasta el punto de que podríamos hacer nuestro propia cabalgata de funcionarios por el recinto.
Entre los internos, la actitud que tomen ante su forzada estancia entre nosotros va a determinarlo prácticamente todo. Incluso la duración de la misma.
  Y Picón Frutos había tomado el camino más inteligente. Portarse bien, conseguir una celda para él solo en un módulo tranquilo y, con suerte, permisos y la condicional.
 No todo el mundo lo hace. Hay internos que llevan a gala el incumplimiento de las normas de régimen interior. Para ellos, el módulo de Respeto es un  agujero de cobardes y chivatos, un refugio para perras. Es la misma aguda visión de futuro que tenía el macarra de tu barrio cuando, desde el asiento de su moto, se burlaba de tí cuando te lo cruzabas camino del instituto. La misma actitud... Y muy posiblemente el mismo individuo. Si, el macarra de mi barrio está en el trullo. Ja.

Bueno, pues el otro Picón, Picón Fernández, era más de este otro palo. Y a este sí que se le había muerto el abuelo, y había que darle la noticia. Un marrón. Pero un marrón que, con la felina capacidad de escurrir el bulto que de forma instintiva desarrollan los Educadores, Jose le consiguió pasar al Jefe de Servicios.

 Tampoco es que al Jefe de Servicios le importase demasiado encargarse de la tarea. Tras más de treinta años de uniforme, conocía todos los tonos de marrón de la carta de colores. Y dar la noticia de un fallecimiento no era de los más desagradables.
Así que se llamó al interno por megafonía, y se le hizo personarse en la oficina de jefatura de servicios. Allí lo esperaba el Jefe, sentado ante la mesa de su despacho. Invitó a Picón a sentarse, y este tomó asiento con expresión hosca. La única de su repertorio. El jefe lo miró, impasible.

- Frutos, tengo una mala noticia para ti. Tu abuelo acaba de fallecer. Lo siento mucho.- Frutos ni pestañeó. Lo de su abuelo le había dado igual, pero no iba a perder la oportunidad de darle una contestación al Jefe.
- Que cojones lo va a sentir.- Le contestó, desafiándolo con la mirada. El Jefe entrecerró los ojos, hasta convertirlos en una fina línea.
- Tienes razón. Ni lo siento ni me importa una puta mierda. Largo de aquí.-
Picón se puso rojo de rabia. Supongo que se cruzó por su mente la idea de saltar por encima de la mesa. Pero hay lineas en un Centro Penitenciario que sólo los tontos y los locos traspasan. Picón era malo, a secas, y sabía donde está el límite. Así que simplemente echó la silla hacia atrás, y se fue de vuelta su módulo soltando juramentos.

Al cabo de unos minutos, el Subdirector de Seguridad llamó a Jefatura.
-Tengo preparados los papeles del permiso extraordinario para que Picón vaya al entierro. ¿A que hora le digo a la Guardia Civil que venga a buscarlo?-
- Creo que podemos anular el permiso. Acabo de comunicarle la noticia y parece que no se llevaban muy bien.-
El Jefe colgó, sin poder evitar sonreir. Picón había intentado ir de chulo, y lo que había hecho es ahorrarnos trabajo.

Mejor.



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