miércoles, 7 de diciembre de 2016

Deformación profesional II

  Este trabajo te acaba haciendo cambiar, supongo que como todos. Hay cambios de los que tú mismo te das cuenta y pasan desapercibidos a los demás. Desde hace tiempo ya no me gusta ir a conciertos. Pensé que era porque me estaba haciendo mayor, y la perspectiva de estar en un entorno ruidoso y atestado de gente había dejado de resultarme atractiva.
  Un día, en una actuación del grupo de musical de un amigo, me sorprendí a mi mismo memorizando las salidas de emergencia. También me di cuenta de que llevaba media hora sin despegar la espalda de la pared, y sumando o restando mentalmente a los clientes que entraban y salían del local. Ahora mismo, en esta cafetería desde la que escribo, hay dos camareras y once clientes. No he tenido que contarlos ahora, lo hice al entrar al local. Todos están solos, menos cuatro magrebíes que hablan entre ellos. Me gustaría saber árabe para pillarlos por sorpresa. Algo traman.

 No creo que este nivel de paranoia tenga que ver con la edad. No todo al menos.


 También se da el caso contrario. Cambios de los que tú no eres consciente pero que a los que te conocen bien les resultan chocantes. Hace algún tiempo estaba con mi pareja, María, dando un paseo por el casco antiguo de la ciudad donde vivimos. Ella entró a una tienda. No recuerdo de qué era la tienda, pero recuerdo perfectamente que había mucha gente entrando y saliendo. Como esa parte de mí la conozco, decidí quedarme fuera a esperar y ahorrarme un montón de sumas y restas de cabeza.
Al poco, no menos de cincuenta (cincuenta y seis creo que llegué a contar) turistas orientales vestidos con todo el catálogo de Decathlon y The North Face bajaron en rebaño hacia mí, tras los pasos de una guía que enarbolaba un paraguas cerrado color verde fosforito.
 
  Demasiada gente para mi gusto. Doblé la esquina más próxima y, como suele ocurrir en estos lugares turísticos, junto a una calle principal aglomerada y bulliciosa, hay callejones  por los que parece que hace años que no pasa nadie. No era exactamente el caso. Frente a la fachada vacía de un viejo edificio en rehabilitación, un gran contenedor amarillo servía como depósito de material desechado. En la capa superior de los escombros, los obreros habían abandonado todo el cableado eléctrico que habían sacado del inmueble. Desbordando por los lados del contenedor, parecían las tripas de un robot despanzurrado. Y esa carroña metálica se la estaban disputando dos buitres urbanos.
  Un drogadicto agarraba por un extremo una enmarañada masa de cables conectados todavía a los restos de un cuadro eléctrico, y pugnaba por hacerse con ella frente a la oposición de un gitano de unos doscientos kilos de peso que la asía por el otro extremo . Daban tirones y se insultaban en femenino, como la etiqueta de la cárcel exige. Aprovechando que el yonqui había cedido  terreno para gritar un '¡PERRA!' especialmente sonoro, el gitano dio un fuerte tirón. Su adversario perdió un poco de pié y cedió un metro, lo suficiente para que el gordo soltase su mano derecha del manojo de cables y le plantase una bofetada que restalló como un latigazo. Pero si hacemos caso al dicho de 'lo que no te mata te hace más fuerte', años de lucha contra formidables enemigos como el VIH o la hepatitis habían convertido al toxicómano en un luchador casi mitológico. Delgado como era, se repuso inmediatamente del bofetón y aprovechó la cercanía física para lanzar una patada contra el bajo vientre del chatarrero. Un golpe que sin duda habría puesto fin al combate de no ser porque éste tenía sus partes vitales protegidas por michelín que colgaba sobresaliente por debajo de su camiseta.

  Y ahí estaba yo, disfrutando del espectáculo y echando de menos unas palomitas y un refresco, cuando noté una presencia detrás de mi. Era María, y estaba lívida.
  -¿Que haces?.- Me preguntó.
  - Nada, aquí mirando el show. Naturaleza salvaje, lucha por la supervivencia. Mucho mejor que lo de Frank de la Jungla.- Le dije con una sonrisa, que se me borró inmediatamente de la cara. María estaba preocupada.
  - ¿Vas a hacer algo?.-
  - Pues... No, la verdad. No pensaba. No me pagan para esto.-
Por el otro extremo del callejón se aproximaba una pareja de la Policía Local, que procedió a interrumpir el forcejeo e identificar a los implicados.
  -Vámonos de aquí. Ya.- María me arrastró del brazo. Yo avancé tras ella, pero manteniendo la cabeza girada para no perderme el desenlace de todo.
  - Mira, mira. Los están cacheando como el culo. Yo no sé quién les enseña a esta gente.- Dije a María, que si me oyó no me hizo caso. El que sí que me oyó fue uno de los policías, que me miró frunciendo el ceño. La esquina me ocultó la escena, al fin, y emprendí mi camino con María. No estaba enfadada. Estaba triste.

  - Jaime, deberías pensar en buscar otro trabajo. Te está empezando a afectar.- Me dijo, mirándome fijamente a los ojos.
  - Si, bueno. Siempre me puedo meter a Policía Local. Sé cachear mejor que ellos.- María sonrió.


 

Ha salido una señora mayor y ha entrado una pareja de la Guardia Civil a tomar el café de media mañana. Doce clientes.



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