jueves, 15 de diciembre de 2016

Tareas de rutina II: Sospechosos habituales

El caso es que aquel día, a media mañana, el Director me pilló por banda y no conseguí escaparme a tiempo. Supongo que girar 180 grados mientras silbas sin que la cosa se note forzada no es tan fácil como parece.
- ¡Eh, chaval!- Eh, chaval, me dijo el tipo. Tienes a cuatro funcionarios mal contados a tus órdenes y no te sabes ni sus putos nombres. Pensé en preguntarle cómo quería el café, que en mi manual de protocolo es la contestación oportuna a la interpelación ¡Eh, chaval!, pero el tipo venía acompañado, y me corté un poco.
 Su acompañante era un fornido sargento de la Guardia Civil de unos cincuenta años, que movía la cabeza a un lado y a otro con unos giros de cuello dignos de un pavo intentando esquivar la cuchilla el día de Nochebuena. Estaba nervioso, porque supongo que era la primera vez que visitaba el interior del Ritz, y de vez en cuando echaba involuntariamente la mano a la pistolera. El hecho de encontrarla vacía (porque dentro de prisión las armas de fuego están prohibidas sin excepción) no ayudaba a tranquilizarlo. Al contrario.

  -¿Que pasa, jefe?- Contesté finalmente.
  - Necesito que me hagas un favor.- UN FAVOR, me dijo. Bonito detalle, punto para él. - El Juez de Instrucción ha ordenado que montemos una rueda de reconocimiento. La Guardia Civil ha traído a una testigo de una agresión sexual. Te traes a Jiménez Marí y a cinco más que se le parezcan, y los metes en el rastrillo.-
  - ¿En el rastrillo?- El rastrillo es la esclusa de entrada, a veces entre módulos, pero en este caso al interior de la prisión. Son dos puertas automáticas que están interconectadas, de manera que si una está abierta la otra permanece cerrada. Entre ambas, en el caso que nos ocupa, quedaba un espacio de unos quince metros cuadrados. Una de las paredes del mismo estaba asimismo formada por un espejo de visión unidireccional que ocultaba de la vista al funcionario encargado de operar las compuertas.
- Si. Metemos a la testigo en la garita, para que los vea sin ser vista, y procedemos a la identificación. Vamos a estar en mi despacho. Cuando esté todo listo, me llamas.-

 Pues lo primero, vamos a buscar al tal Jiménez Marí. Lo que sí que tiene bueno trabajar en una cárcel pequeña es que tardas poco en llegar a los sitios, y en dos minutos lo tenía ante mi. Fácil. Español, moreno, ojos oscuros, talla media, unos cuarenta años, medio calvete. Esto iba a ser sencillo. Me di una vuelta por el patio, donde se encontraban  unos veinte internos en distintos grados de aburrimiento... Iba a ser sencillo por los cojones. En un lugar de turismo masificado, como era esa isla, me encontré en los patios con un reflejo de la sociedad del exterior. Tres subsaharianos, dos magrebíes (uno me servía perfectamente si no sonreía, porque al hacerlo se le veían unos dientes de oro y ya no colaba), dos húngaros, tres ingleses, dos chinos y dos sudamericanos. De los españoles, dos muy jóvenes, dos muy viejos, uno se pasaba con mucho de la estatura y otro era un yonqui que pesaba cuarenta y cinco kilos vestido y con cuatro radio-CD´s de coche en los bolsillos. Me quedaba uno que podría pasar de no ser porque llevaba el pelo a lo afro.

Me acerqué al módulo de al lado. Mismo panorama. En el módulo de ingresos los inquilinos todavía sufrían los efectos del colocón que les había llevado hasta nuestro hotel, y no eran siquiera capaces de mantener una verticalidad mínimamente digna.

En mi desesperación llamé a la puerta del módulo de mujeres. Una transexual ofrecía un gran potencial, pero mi petición de que se quitase el maquillaje se encontró con un rechazo frontal; Al parecer, eso era una ofensa y un menoscabo de su identidad sexual. Me la imaginé sin maquillar, y no pude por menos que darle la razón.

 A todo esto llevaba yo más de media hora dando vueltas, y al Director le empezó a entrar la prisa. El Jefe de Servicios me interceptó entre dos módulos y me dijo que le había llamado el Jefe de Gabinete, para informarse de cómo avanzaba la cosa. Le puse al día de la situación, y entre ambos, al final, reclutamos al español de pelo a lo afro y al argelino del diente de oro. El precio a pagar por ofender y menoscabar la identidad sexual de la transexual, Soraya de nombre, por cierto, fue un paquete de Chester. Y ya en el tiempo de descuento decidimos incluir a un eslovaco, que a pesar de ir rapado al cero y tener los ojos azules, era de una complexión y rasgos bastante semejantes a los de nuestro sospechoso. Además, a pesar de su país de procedencia, respondía a los muy castellanos apellidos de Río Ara. Luego me enteré de que era el nombre de la patrullera de la Guardia Civil que lo había interceptado en alta mar con un pequeño velero cargado hasta la borda de cocaína. El tipo no había querido dar su verdadero nombre, y al hacerle la ficha nos soltó lo primero que le vino a la cabeza. Pero esa es otra historia.

Bueno, que teníamos cuatro y ya habíamos rebañado el fondo del cubo. No se nos ocurría de donde sacar a nadie más. El jefe y yo nos miramos. Españoles. Si. Morenos. Si. Ojos oscuros. Si. Estatura media. Si. Cuarenta años... Bueno, yo de aquellas era bastante más joven, pero peores cosas íbamos a colar. Lo que desempató el duelo, sin duda, fue lo de medio calvete. Miré al jefe. Levanté una ceja. El jefe se dio cuenta.
- Me voy a cambiar. Llama al baranda y dile que ya lo tenemos todo listo.- Y eso hice. En menos de lo que se tarda en decirlo, ya tenía entre portones al español de pelo a lo afro con la melena mojada y echada hacia atrás, al argelino con órdenes estrictas de no sonreir, y al transexual sin maquillar y con la promesa de que no chuparía pómulo mientras hacíamos la rueda. Añadí al eslovaco y a Jiménez Marí, y el Jefe de Servicios, vestido de paisano, se personó casi a la vez que, por el otro lado del rastrillo, se acercaba el Director. Por seguridad, la testigo ya se encontraba detrás del espejo, para que el sospechoso no la viese acercarse. El director ordenó cerrar portones, y yo me quedé con los cinco internos y el Jefe dentro de la esclusa. Los puse con la espalda contra la pared, erguidos y mirando al frente. Los miré y, bueno, podía ser peor. Al menos ninguno destacaba por encima de otro.

Pasó un rato. Se oían murmullos tras el espejo. Finalmente, el ruido de varias personas dándose una palmada en la frente a la vez. La testigo, una joven de pelo castaño y unos treinta años, salió con la cabeza baja y acompañada del agente judicial. El director se quedó dentro de la cabina de control del rastrillo hablando con el sargento de la Guardia Civil. Me acerqué a cotillear.

- ¿Qué ha pasado?, pregunté. El director me sonrió de medio lado.
- Que ha dicho la testigo que el que más se parecía al agresor es Antonio, el Jefe de Servicios.-
- Ah.- Respondí.- Quién lo iba a decir. Bueno, tampoco lo conozco mucho...-
El Director me apartó con un brazo y salió de la cabina, acompañado del Guardia Civil. No sé cual de los dos echaba más humo. Hice abrir el rastrillo y conduje a cada interno de vuelta a su módulo, mientras Antonio se volvía a poner el uniforme. Luego nos fuimos los dos a las oficinas a tomar un café.

  En el rastrillo de salida, el Sargento cruzaba unas últimas palabras con el Director antes de salir del Centro. Se giró hacia nosotros y, bromeando, le dijo a Antonio:
- Espero que tenga una buena coartada para la noche del quince de Marzo pasado...- Antonio estuvo rápido en la respuesta:
- Pues así en frío no recuerdo, pero venga por aquí cuando quiera que con mucho gusto le daré en mano una muestra de semen.- Y seguimos camino, muertos de risa.

Supongo que al final no fue necesaria la muestra, porque el sargento no volvió a aparecer por allí.









 

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