jueves, 30 de marzo de 2017

Via Crucis

  Nunca he sido una persona religiosa. No digo ya creyente, que tampoco, sino religiosa. En mi casa nadie lo era, y más allá de hacer la primera comunión, que era más que un sacramento un evento social, o las veces que me hicieron rezar en el colegio, mi contacto con la Iglesia y sus ritos ha sido absolutamente inexistente. 'No tiene nada de raro', pensaréis muchos de vosotros, 'hoy hay mucha gente que no va a misa'. Bueno, pues creo que os equivocáis.

  La mayoría de gente que conozco, por atea o agnóstica que sea o se declare, posee cierto conocimiento de la religión, aunque sea tan sólo de su aspecto formal, como reconocer el sonido de las campanadas cuando tocan a muerto, o por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año , o... yo que sé, de qué color es la casulla de la misa de mártires . Casi todo el mundo tiene o ha tenido un pariente devoto, que le ha instruido en los rudimentos de la fe, aunque simplemente fuese cambiándole el bocata de chorizo por uno de Nocilla los viernes de Cuaresma. Qué coño, generalmente los que más denostan a las religión y sus ministros son aquellos que han estudiado en un colegio de curas, y albergan un rencor nacido de las malas experiencias personales. Pero a pesar de que si los dejas se cagarán en dios a mitad de cada frase, ninguno titubea a la hora de responder de carrerilla cuáles son los sacramentos o los siete pecados capitales. Supongo que la letra que entra con sangre es la más difícil de olvidar.

  Yo no. Nunca he tenido un pariente capillitas, ni me han obligado a ir a misa, y más o menos para cuando tuve uso de razón ya te dejaban elegir ética en vez de religión en el cole. Y aún sin ver el temario, la elección entre Don Cipriano, el cura bizco que ya se había llevado más de un bofetón de algún alumno de Octavo Curso por pasar a los vestuarios del gimnasio sin una excusa válida, o Virginia, la profesora de ética a la que nadie le había explicado que si las mallas negras te transparentan el culo es porque llevas una talla demasiado pequeña, la elección, digo, no dejaba lugar a dudas.

  El caso es que mientras mi vida se desarrolló en mi más o menos cerrado mundo de familia y amigos de toda la vida, mi indiferencia hacia la iglesia, o más bien debería decir mi pura y llana ignorancia, no me causó ningún tipo de problema. Todos teníamos más o menos los mismos intereses, o desintereses en este caso, y aunque en mi pandilla no faltaba quien sí iba a misa, sabía que entre nosotros sólo se hablaba de música y de follar. Cosas que conocíamos de oídas. Los roces empezaron cuando me tocó salir de mi zona de confort, y digo tocó porque, al igual que a muchos otros hombres de mi generación, me tocó ir a la 'mili'.

  En el cuartel nos juntamos jóvenes procedentes de todos los rincones de España, ríete tu del choque de culturas, y ahí ya me di cuenta de que, en el tema de usos y hábitos religiosos, yo estaba bastante perdido.
  En la ocasión que nos ocupa, me encontraba yo dentro del edificio de compañía practicando el noble arte de liarme un cigarrillo de la risa con una sola mano, mientras con la otra me rascaba mis partes. Ortiz, un muchacho del mismísimo barrio de Triana, en Sevilla, abandonó un instante la partida de cartas que jugaba para poner una cinta en el radiocassette. (Para los más jóvenes, las cassettes eran unas cajitas en las que se podía grabar música, antes de que se inventase el mp3). Ortiz pulsó el botón de 'play', y volvió a ocupar su silla en la partida.
   A media calada de mi, digamos, cigarrillo, una estridente cacofonía me hizo atragantarme y toser, más aún de lo que ya me estaba haciendo toser la mezcla que estaba fumando. Trompetas destempladas y otros instrumentos de viento que fui incapaz de reconocer atronaban en la estancia. Ortiz y sus compañeros permanecieron imperturbables, atentos a sus naipes.
   - ¡Sevillita!- grité, para hacerme oír entre el estruendo, -¡Sevillita, cojones, que se te está tragando la cinta el loro!!.- Ortiz se giró, extrañado.
   -¿Pero qué dices?.-
   - ¡Que pares eso, que se te está tragando la cinta y te la va a romper!.-
   - ¡Pero si eso suena así, gilipollas, que es la banda de mi cofradía!.- Ahí ya me dejó sin saber que decir. Lo que me estaba fumando tampoco ayudaba a aclarar mis pensamientos.
    - Ostras... Pues tocan como el culo, o lo has grabado mal, perdona que te lo diga.- Ortiz se levantó de un salto y avanzó hacia mi apretando los puños. Ahí tuve mi primer contacto con lo que es la música de un paso, y la furia que desata en los miembros de una cofradía que desprecies su afición.
   Exhalé una densa bocanada de humo azul en dirección a mi airado compañero. Por un instante, su cara desapareció entre la niebla. Cuando volvió a aparecer, estaba muerto de risa.
  Se sentó a mi lado, le pasé el 'chirifú', que diría el Fary, y acabamos abrazados y riéndonos del malentendido. Durante horas.


  Todo este rollo es para poneros en situación y que entendáis que, cuando aquel día, en aquella pequeña cárcel de una pequeña isla, me encontré al entrar a trabajar  con que iban a montar un Via Crucis, en el fondo no tenía ni la más remota idea de lo que me estaban hablando. Así salió.

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