lunes, 20 de marzo de 2017

Ladrón de Guante Blanco

  Unas cuantas entradas más atrás os hablé de la Ley de Dalton. No, no me refiero a la ley de las presiones parciales. La ley de los hermanos Dalton, comprobada empíricamente por todo funcionario de prisiones o por cualquier persona que se ve obligada a tener trato con delincuentes, describe cómo, en las bandas criminales integradas por varios hermanos, el más peligroso es el de menor estatura.

  Esto es así, señores, y no me pregunten por qué. La única excepción a esta regla, que más que una excepción es un complemento, es que, si de entre esos hermanos uno es una mujer, ésta será el elemento más peligroso. Cuando es así, además, suele ser baja de estatura en comparación con el resto de la camada, claro. Pero no siempre.

   Y además de ser el más peligroso, o quizá precisamente por ello, el más bajito tiende a ser el más inteligente, o al menos el más astuto. Pero en el caso de los hermanos Cortijo, esto no era así en absoluto.

    Mientras que Fermín goza de una estatura media, Eutimio tendría que ponerse de puntillas para alcanzar el metro sesenta. Eso sería, por supuesto, si fuese capaz de conservar el equilibrio durante unos segundos siquiera. Años de uso y abuso de sustancias que ni el más cruel científico osaría inyectarle a sus cobayas le deben haber afectado al oído interno, y le han dotado de un andar errático y tambaleante. No tener muy claro a dónde ir en cada momento tampoco es una ayuda.

   Eso por lo que toca al plano físico. En el intelectual, si se me permite emplear la palabra en este contexto, las cosas no van mucho mejor. En la gran carrera de obstáculos que es la vida,  Fermín tropezó en la primera valla y ya no volvió a levantar cabeza. Pero Eutimio, el pobre Eutimio, se quedó aturdido por el pistoletazo de salida y, al empezar a correr, lo hizo en sentido contrario.  Así que Fermín, en el tiempo libre que le dejan sus tareas en la cocina y sus visitas al ornitorrinco, se dedica a cuidar a su hermano, lo cual se limita por lo general a comprarle tabaco y evitar que su mala cabeza le busque problemas con los demás internos del patio.

   La semana pasada, un día a eso de las once y media de la mañana, abrí la puerta que comunica el comedor del módulo cinco con el patio para que los internos destinados a la limpieza de comedores entrasen a trabajar. Fermín llegó el último, como siempre, acompañado de Eutimio, como siempre, y como siempre también, le pidió que por favor no se metiera en ningún lío mientras estaba sólo. Se despidieron, y Fermín accedió al comedor.

    Eutimio y yo nos miramos. Se le notaban ganas de hablar. En circunstancias normales, o sea, hasta hace unos meses, el constatar este hecho me habría invitado a refugiarme en mi oficina antes de que tuviese oportunidad de empezar su discurso. Pero ahora necesito material para escribir este blog, así que me quedé quieto, dispuesto a aguantar el chaparrón. Soy mejor funcionario, ya os lo dije. Eutimio esperó un par de segundos en silencio, a ver si yo mi iba por donde había venido y, en vista de que no lo hice, avanzó dos pasos hacia mí, y se soltó. Vaya si se soltó.

    - Funcionario, ¿sabe usté si mañana tengo agente judicial?.- Sus ojos y su voz subían y bajaban, vacilantes, al ritmo del temblor de su cabeza.
    - Pues no tengo ni idea Eutimio. Acércate si quieres a la oficina de acceso y que llamen a Centro para preguntarlo.-
     - Es queee estoy espeeerando una que me baje una causa por un atraco, sabe, y mi abogado no me coge el teléfono, y...- Siguió desvariando un rato. No me había escuchado cuando le propuse llamar a Centro para informarse, y si me había escuchado le daba igual. El quería soltarme su rollo para estar un rato entretenido mientras no llegaba la hora de comer. Pues bueno. Vamos a sacarle información, pensé. Y se la saqué. Más de la que esperaba.

   

 



 

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