viernes, 3 de marzo de 2017

Pobreza energética II

 

  Salí del módulo de ingresos y me acerqué al rastrillo de entrada del edificio principal. Unos cinco metros de camino, para que os hagáis una idea del tamaño de las instalaciones. Allí se encontraban ya el Jefe de Servicios y el Jefe de Centro, esperando. Los tres juntos formábamos el cincuenta por ciento de los efectivos de la prisión. Poca cosa. Pero si hubiésemos solicitado más efectivos a la Dirección General, habrían sido capaces de soltarnos que 'tres son multitud' y quedarse tan frescos. Si, en serio. A veces son unos cachondos.


  Con un leve movimiento de cabeza del Jefe de Servicios, comenzó a descorrerse la puerta de la esclusa, accionada desde las profundidades de su cabina por el funcionario de rastrillo. La punzante luz del Mediterráneo nos cegó un instante, acostumbrados como se encontraban nuestros ojos a estar 'a la sombra' (qué malo, si). Tres borrosas sombras grises avanzaron hacia nosotros, pero no fue hasta que la compuerta se cerró tras ellos que pudimos verlos con claridad.
  Eran dos Guardias Civiles, jóvenes, como todos los Guardias Civiles de la isla. Porque al estar recién graduados de la academia, los destinos a elegir no son muchos. Y corpulentos, como todos los Guardias que se dedican al traslado de presos. Porque a los más enclenques los ponen a vigilar en las garitas. A la hora de impedir una fuga quizá haya que tirar de pistola y no importe el tamaño. Pero el sólo hecho de encontrarse frente a frente con dos armarios vestidos de verde hace que muchos detenidos se guarden la audacia hasta otro momento más propicio.

  En el medio de ambos, encogido y esposado, un yonqui. Uno de libro. Pensad en todos los toxicómanos que habéis visto a lo largo de vuestra vida, hallad el mínimo común múltiplo, y ahí lo tendréis: El tipo lo tenía todo, desde las greñas resecas a los vaqueros adhesivos. Habían traspasado ya el límite de lo que un buen champú o un detergente podían solucionar, y se imponían unas tijeras y una espátula.

  Pero lo primero es lo primero. El Jefe saludó a los Guardias, y les pidió la hoja de conducción. Le echó una ojeada.
  -¿Viene detenido?- Les preguntó. Por romper el silencio, porque el documento que sujetaba ante sí lo indicaba claramente.
  - Pues si. Lo cogimos ayer, y lo más seguro es que a lo largo del día de hoy os llegue del juzgado la notificación  de pase a preventivo.- El Guardia nos explicó las circunstancias de la detención, se le firmaron los papeles por los que desde ese momento nos responsabilizábamos del detenido, y se fueron por donde habían entrado. Tampoco es que hubiese otro sitio por donde irse porque las cárceles, no sé si lo sabéis, sólo tienen una puerta de entrada y salida.

  No se había cerrado la compuerta del todo cuando ya nos encontrábamos frente a la puerta del módulo de ingresos (cinco metros, ¿recordáis?). El Jefe me preguntó,  entre aburrido e irónico, si me hacía yo sólo con el interno o si se quedaba a ayudarme. Le respondí con el mismo aburrimiento pero sin ironía que sí que  me hacía con él, gracias. Sonrió y se marchó a su despacho acompañado del Jefe de Centro.
  El recién llegado y yo pasamos al interior del departamento. En claro desafío a las más básicas normas de urbanidad y a la ley 28/2005, Antonio, el ordenanza, se rascaba la entrepierna mientras saboreaba el humo de un Marlboro. Le lancé una severa mirada de reprobación. Dejó de rascarse, pero siguió fumando. Bueno, ya era algo.

  - Tráete la máquina de fotos, Antonio.- Antonio desapareció un instante. Aproveché para sentarme frente a la mesa de la oficina y encender la máquina de identificación situada sobre ella. Si seguís alguna serie de investigación norteamericana, habréis visto que usan sin descanso una especie de programa o base de datos que llaman CODIS. En ella tienen un extenso archivo con las huellas de delincuentes fichados, empleados gubernamentales y demás. Bueno, nosotros tenemos uno también, con su hardware específico, y lo cierto es que no funciona nada mal. Parece una impresora con scanner, y simplemente con poner sobre él el dedo de un individuo, accedes a su ficha penitenciaria de modo instantáneo. De momento, por suerte, no incluye las de los empleados del estado. Tiempo al tiempo.

  Antonio regresó con la cámara digital. En caso de que el detenido no esté fichado, hay que crear una ficha e incluir en ella las fotos, los 'mugshots' que se dice en inglés. Y aunque ya lo esté, quizá las fotos sean antiguas y convenga actualizarlas. Se acercó a mi sin quitar ojo a nuestro nuevo huésped, que estaba sentado en una silla de plástico con la cara enterrada en las manos y los codos apoyados en los muslos. Seguía mirándolo mientras me acercaba la cámara, y casi me la mete en un ojo. La cámara, digo. Carraspeé para sacarlo de su ensimismamiento. El ordenanza se sobresaltó ligeramente, y me miró.

 - Si quieres su foto, no podías escoger mejor momento.- Le espeté. Antonio se ruborizó ligeramente, y en ese momento Luis Ángel, que así se llamaba el nuevo, levantó la cabeza. A Antonio se le iluminó la cara de repente.
  - ¡Gelo!-
  - ¡Toni!-

   Se fundieron en un abrazo, como se suele decir. Qué momento más emotivo, pensé. Bueno, no. Lo pienso ahora. En ese momento pensé que vaya dos motes más cutres. Y tras las muestras de cariño, comenzó la puesta al día.
  - Gelo, tío, ¿qué has liao esta vez?.- Se me escapó una carcajada, sin querer. Antonio (Toni, para los amigos) me miró con una interrogación pintada en su cara.
  - Si te lo cuento te cagas.- Le dije. Luis Ángel, Gelo, se puso rojo de vergüenza y miró la punta de sus pies.
  -Aunque creo que mejor te lo cuenta él, que tiene guasa el tema.- Tampoco es cuestión de hacer leña del árbol caído y ganarse un enemigo gratuitamente. Lo de 'poli bueno y poli malo' les funciona  a los polis. Ya desarrollaremos esto en otra entrada. El caso es que me pareció más oportuno dejar que 'Gelo' se explicara por sí mismo, y no hacerle pasar un mal trago.

  - Pues... Pues ná, que bajaba por la avenida de Europa, y vi un camión de butano que se paraba, y el repartidor se bajó con dos bombonas y entró en un portal de un edificio alto, y pensé que iba a tardar en bajar, y cogí dos bombonas del camión, y empecé a bajar por la calle, y a los cinco minutos me pararon al lao los picos y me metieron padentro.- Acompañó sus últimas palabras con un encogimiento de hombros y un gesto de impotencia e incredulidad, como si no acertase a adivinar qué podían haber encontrado de sospechoso una pareja de la Guardia Civil en un yonqui que baja a paso rápido por una avenida, un soleado día de primavera, con una bombona de butano en cada mano. Yo ya había oído la historia de boca del Guardia Civil que nos lo acababa de traer, que casualmente era el mismo que había efectuado la detención. Por eso, para no dejarlo yo en ridículo, le había permitido contar su historia a su amigo.

  Pero quedaba una cosa, un detalle, que quería aclarar con él. Porque si algo estaba claro era que Luis Ángel, 'Gelo', no tenía casa. Ni comía caliente. Ni hacía en la isla tanto frío como para necesitar calefacción.

  - Mira, tengo curiosidad. ¿Qué pensabas hacer con las bombonas? Porque pesan de cojones, y me da a mi que no las cogiste para entrenar.-
  Antonio no perdía detalle de la conversación, y a juzgar por la fuerza con la que se tapaba la boca con la mano para no estallar a reír, la estaba disfrutando. Luis Ángel se miró, una vez más, la punta de los pies. No quería contestar, y no acertaba qué hacer para evitarlo. Antonio sabía de sobra a donde las llevaba, y lo espoleó.
  - Venga Gelo, díselo. Si Don Jaime ya se lo supone...-
  Os voy a confesar algo: Hasta ese momento no suponía nada, sencillamente porque no le había prestado la suficiente atención al tema como para preocuparme en sumar dos y dos. Pero tras esta última intervención de Antonio, me espabilé un poco. Y tampoco había que romperse la cabeza. La avenida de Europa desembocaba en el barrio de los pescadores, y en el barrio de los pescadores vivía la Pacheca, con aquellos de sus doce hijos que no estuviesen en ese momento entre rejas (según mis datos, residían en nuestro hotel y otros establecimientos de la cadena nueve de ellos, lo que dejaba alojados con su madre a tres). Se dedicaba a vender caballo, y no había que raspar mucho la superficie para descubrirlo. A los dos días de desembarcar en la isla, yo ya había oído hablar de ella. Y como yo, todos, hasta el más pardillo del talego, que bien podría haber sido yo hasta que llegó 'Gelo'.
  Luis Ángel no me dijo a donde iba, porque no era una perra chivata, lo cual me resultó hasta enternecedor a fuerza de ingenuo. Porque si la Pacheca seguía pasando caballo era porque aparte de camella a tiempo completo era confidente a tiempo parcial, y había vendido ya al menos una vez a todos y cada uno de los drogodependientes de los alrededores a cambio de inmunidad.
  'Estás siendo leal a quien no lo merece', pensaba yo. Pero Antonio había pasado de las risitas enmudecidas a las abiertas carcajadas, y ya estaba bien. Luis Ángel se estaba empezando a sentir incómodo.
  - ¿Qué coño te pasa a ti?- Pregunté. Antonio pasó de responderme.
  - ¡Pringao!- Le dijo a 'Gelo'- ¡Qué pringao eres, que siempre has pensao en pequeño!- Luis Ángel se removió, incómodo, en su silla.
   - Y encima cargando peso. Para eso te buscas un curro. ¿Sabes qué hice yo? Yo me llevé el camión entero. Y me fui con él al mercadillo jipi de los jueves, a venderles las bombonas a los alemanes a cinco pavos. Trescientos euros me saqué. Y sin cargar nada. Y la policía no sabe una puta mierda.- Carraspeé. Había que hacerse valer un poco.
  - Bueno, Antonio, ahora sí que lo sabemos...- Me atreví a sugerir. Antonio me miró de reojo.
  - Naaah, usté no es poli. Y aunque lo fuera, eso ya ha prescrito.-
Me encogí de hombros y me puse a rellenar datos en el ordenador. Luis Ángel estaba rojo como un tomate de la vergüenza, y miraba a Antonio como un leproso miraría a Jesucristo. Para él, Antonio era un genio del crimen. Qué triste.

  Antonio, no sé ahora mismo donde estarás, pero si lees esto, un consejo. No vuelvas a intentar lo del camión de butano. Podría costarte la vida.
    Los tiempos han cambiado.

 

 
 
 

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