martes, 14 de marzo de 2017

Manual de autoayuda

  Desde que escribo este blog, soy mejor funcionario. Supongo que porque sería difícil serlo peor.

  Empecé en esto hace más de diez años. Al principio todo son risas: Tienes un montón de días libres, un sueldo a la medida, por primera vez, de tus vicios (o aficiones, si lo prefieres. Cada uno se autoengaña como quiere).  La cola del paro es un feo recuerdo que nunca más será una fea realidad. Incluso si tienes suerte, como yo la tuve, tendrás plaza en destinos bellos y tranquilos. Bello el pueblo y tranquila la cárcel, se sobreentiende. Conoces gente nueva, y eres parte de la delgada línea azul que separa a la sociedad del caos. Viva y bravo.

  Pero los años pasan, y tu plan de pasarte unos pocos años (cuatro, cinco) recorriendo España en plan turismo laboral para luego conseguir plaza cerca de tu lugar de origen se desvanecen como se desvanece el buen rollo cuando la Guardia Civil te pide que soples aquí, por favor.
 
   Llega la crisis, no hay concursos de traslado, y cuando te quieres dar cuenta te has pasado diez años sentado en la misma mesa de la misma habitación, en la cocina de la Cárcel. Rodeado de glamour y ocupado en la exigente tarea de entregar herramientas de cocina a los internos que trabajan allí, y cuidar de que te las devuelvan. Una tarea al alcance de unos pocos elegidos, en la que cada nueva jornada supone un desafío físico y psicológico. Y desconectas. Como desconectaba mi difunto tío su sonotone para todo lo que no fuese oír el partido de la jornada.

   Entras cada mañana, haces el recuento, y coges la tablilla en la que figura el estadillo de material y el listado de internos ayudantes de cocina. A partir de ahí, amigo, empieza la juerga. Cada diez minutos de media, un interno vendrá y te pedirá, por ejemplo, un cuchillo. Se lo das, y apuntas el acontecimiento en un papel. Cuando termine de utilizarlo, entrará a la oficina a devolverlo. Se refleja esto también.

  Y más o menos esto es todo. De vez en cuando te das un paseo por la dependencia para dejarte ver, y que ese interno que no deja de repetir 'Soy el ángel de la muerte' mientras afila el cuchillo jamonero baje un poco el tono de voz, y ya está. Horas y horas dedicado a... Nada realmente. A pensar en tus cosas, a hacerte pajas mentales. Y esto te acaba cambiando. Podría decir que la soledad te convierte en un ser más reflexivo. Pero mi impresión, y lo digo con conocimiento de causa porque me ha pasado, me está pasando a mí, es que te conviertes en un pasmarote.

  Luego, en casa, familia y amigos se interesan a veces por tu trabajo, y cuando con toda afabilidad les cuentas la verdad, no te creen. Piensas que la dureza de las situaciones que afrontas en tu día a día es tal, que no quieres sino ahorrarles detalles escabrosos y evitar, de paso, rememorarlos tú mismo. Y respetan tu silencio. Y ahí te quedas, tú solo, pasmando.
  Hay quien a eso le llama 'la mirada de los mil metros'.

  Bueno, el caso es que desde que comparto mis vivencias con vosotros, he decidido salir de mi letargo de años y empezar a darme paseos por el patio, observar a los internos con más atención, compartir un pitillo con mis compañeros... Aunque sólo sea porque algo os tendré que contar. Y es por eso que creo que este blog me está sirviendo también como terapia, por raro que suene. 

   Llegados a este punto, creo que os voy a hablar de los hermanos Cortijo.
  
   Los hermanos Cortijo son dos, de ahí el plural, y son hermanos. Son delincuentes de largo recorrido, con historiales delictivos cuya impresión que ha causado por sí sola la deforestación de varias hectáreas de eucalipto. No obstante, a su manera son muy diferentes.

   Eutimio, el mayor, es que acumula mayores condenas y delitos más graves. Lleva entrando y saliendo de prisión desde que tenía dieciséis años. De hecho Doña María, la subdirectora de tratamiento del Centro Penitenciario, lo conoce desde que él era un delincuente juvenil, ella una maestra recién diplomada que acabó destinada en prisiones por casualidad, y éste centro en el que trabajamos un pequeño reformatorio. El otro día me lo contaba y se le humedecieron los ojos al hacerlo. No es raro, al fin y al cabo los tres han crecido juntos. Enternecedor.

  Si os contase su vida y obra... No, no lo voy a hacer. Da demasiado juego, y lo dejo para una próxima entrada. Os voy a hablar de Fermín, que casualmente trabaja conmigo en la cocina.

  Fermín es el hermano pequeño, a pesar de que le saca, en varios sentidos, una cabeza a su hermano. Le saca una cabeza en sentido físico, porque es veinte centímetros más alto. Pero también se la saca en un sentido metafórico, porque Eutimio es un auténtico descerebrado.

  Tampoco es que Fermín dé mucho más de sí, y de hecho no pocas veces he estado (y me consta que el resto de compañeros con los que me relevo en la cocina también) a punto de echarlo al patio y decirle que no vuelva a entrar. Un poco por bajo rendimiento, y un mucho porque es una influencia disruptiva. Aunque seguramente en el parte de baja habría puesto como motivo para el despido sólo lo primero, porque lo segundo sin duda no lo iba a entender. Y quizá el que se encarga de rescindir los contratos ante la administración tampoco.
   Pero el pobre se esfuerza hasta donde le da el entendimiento, que no es mucho, y si carece de habilidades sociales y todo lo tiene que decir a gritos, pues al final se lo acabas perdonando. Sobre todo cuando te cuenta que, antes de esto de la cocina, el único trabajo remunerado que recuerda haber desempeñado fue el de permaneces todo el día a la entrada de un poblado de chabolas para avisar a gritos de la entrada y salida de las fuerzas de orden público. Lo que se conoce como 'dar el agua'.

   - Y me pagaban en papelas, ¿sabe, don Jaime?,- Me confiesa, con un brillo en la mirada.
   - Olvídate aquí de eso, Fermín,- le contesto en broma. - Aquí no hay droga ni para los funcionarios.-
     Y se marcha, riendo como un chiquillo.

   Pero a veces no tienes el día, o él está un poco más pesado de lo habitual, y acabas discutiendo. Hace un par de semanas le tuve que llamar la atención varias veces, porque no paraba de vocear con el resto de internos de cocina con respecto a nosequé partido de fútbol.
  - Fermín,- le espeté, mirándole fijamente a los ojos hasta que bajó su mirada al suelo - van cuatro veces que te llamo la atención hoy por las voces que estás dando. No habrá una quinta, ¿entendido?.-
  - Si, don Jaime, si.- Y se marchó con la cabeza baja.

  Media hora después, una vez que los internos ya habían terminado sus tareas de la mañana, les abrí la puerta de la cocina para que pudieran dirigirse a sus celdas a echar la siesta. Fueron pasando ante mí uno por uno. Fermín, lo noté rápidamente, se quedó remoloneando hasta ser el último en la fila. Al pasar ante mí, me volvió a pedir disculpas por su comportamiento, porque...

  -... A veces hablo muy alto y yo mismo no me doy cuenta, porque creo que no oigo bien. He hablado ya con la Doctora, y en cuanto pueda me va a sacar a la capital a ver al ornitorrinco.-
   Lo miré fijamente. El me miró. Pasó un ángel, como se suele decir. Seguimos mirándonos el uno al otro, impávidos. No, no era un chascarrillo. Me lo había dicho en serio. No sé por qué, pero al instante me arrepentí de haber sido tan severo con él
   - No pasa nada, Fermín. Vete a descansar y nos vemos a la tarde.-

Lo que me he estado perdiendo por no prestar atención a los internos. Madre mía.







 
 




 

1 comentario:

  1. Oye, genial que tu también lo pases cada vez mejor con tu blog....
    No lo dejes, ehh!!??.
    Sigue contándonos historias, que con la fauna que te rodea.....
    Me encanta👏👏👏

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