martes, 28 de marzo de 2017

Medicina democrática

  Entre semana, la dependencia de acceso a un módulo (conocida entre los iniciados como 'El Rastrillo') es la versión penitenciaria del camarote de los hermanos Marx: Un maremagnum de educadores dando buenas noticias a los internos y dejándote las malas por escrito para que las repartas tu; trabajador@s sociales intentando a la desesperada aclarar el follaje del árbol genealógico de un tipo que sabe menos de su padre que Marco, y tiene a su madre igual de lejos; Ateeses repartiendo golosinas; Monitores de las actividades más peregrinas que perdieron la ilusión el mismo día que la paciencia y los modales...
  Todos pugnando por quitarte el micrófono de la megafonía del patio, para llamar a quien sea que tengan que llamar, hacer lo que sea que tengan que hacer con él y largarse lo antes posible a otro módulo a repetir la operación. Y ello mientras controlas qué internos salen a trabajar o a cursos, cuales al médico, quienes se van de permiso y han de ser dados de baja en el módulo... 



  Pero los fines de semana, la cosa cambia por completo, y en previsión de una mañana de soledad y tedio en una habitación enrejada de 10 metros cuadrados, lo primero que he hecho tras acabar el recuento de las 8 de la mañana ha sido coger un libro en la biblioteca del módulo 3.
Así que así estaba yo, leyendome una novela de espías, cuando un par de golpecitos en la ventana de seguridad me han hecho levantar la cabeza. Frente a mi, un interno pálido, con la mirada triste, suplicante (y ligeramente perdida) del yonqui que se ha pasado la vida pidiendo limosnas, y que sabe que nueve de cada diez veces se va a llevar un 'NO', si es que no se lleva un palo, reclamaba mi atención. He abierto la ventanilla y le he saludado.
- Buenos días, Don - me ha respondido. No sabe mi nombre, y no parece importarle cual es. De momento estamos en igualdad de condiciones.
-¿Podría darme una instancia? -
- Claro-. Cojo una de un montoncito situado a mi izquierda, encima de la mesa. Se la paso a través de los barrotes de la ventanilla. El interno se la queda mirando, y duda antes de volver a dirigirse a mi. Finalmente lo hace, y su voz suena aún mas insegura que la primera vez:
-Don... ¿Me puede dar usted un par de folios? -
No es una petición habitual, y mientras busco por los cajones a ver si hay alguno olvidado bajo las carpetas y las ordenes de dirección, un poco por trámite y un poco por hacer más corta la espera, le pregunto;
-¿Y para que quiere usted dos folios?
-Voy a recoger firmas-

Justo acababa yo de encontrar un pequeño alijo de folios, debajo del amplificador de megafonía, y le estaba pasando dos, cuando su respuesta me ha vuelto receloso y he detenido mi mano a medio camino.
- ¿Y para qué quiere usted recoger firmas?- Su voz sonaba de repente mucho más segura, no sé si porque a tenía un objetivo claro, o porque simplemente yo había accedido a sus dos peticiones.
- Llevo dos días escupiendo sangre, y el tratamiento que me da el médico no me gusta. Yo lo que quiero es que me mande al hospital, pero me ha dicho que no hace falta, y no me ha querido cundar. Voy a recoger firmas por el patio para ver si le causa impresión y me hace caso - 



    Le acerco los folios a través de los barrotes. Pero cuando los coge y tira suavemente de ellos, no los suelto, y la inesperada resistencia hace que, involuntariamente, me mire fijamente a los ojos.
- ¿Y no ha pensado usted - le digo con la mayor seriedad de que soy capaz- que en vez de recoger firmas, lo que le causaría auténtico impacto al médico sería que le escupiese usted en la consulta, para que viese la de sangre que sale?. -
Aflojo mi mano, y el interno se lleva los folios en silencio. Y en silencio sigue. Lleva veinte minutos sentado en un banco, sólo, a veces mirando al infinito, y a veces a los folios, con aire pensativo. Le está dando vueltas al tema.
    Como se me acerque y me pida permiso para ir a enfermería, la mañana va a adquirir un inesperado interés.
A ver que pasa.

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