viernes, 24 de febrero de 2017

Pobreza energética I

  El otro día empecé hablando de la historia esta el sueco que robó las bombonas de butano, y lo cierto es que acabé yéndome por los cerros de Úbeda. No era de terrorismo y confusiones de lo que os quería hablar, porque la aventura del sueco me recordó algo bastante más inmediato.

  Hace unos años estuve destinado en una pequeña isla, un lugar paradisíaco donde el lema es 'lo que pasa en la isla se queda en la isla'. Que es un lema cojonudo cuando te vas a los cuatro días sin mirar atrás, pero cuando eres el que se queda a limpiar después de la fiesta pierde bastante chispa. En la isla se queda cada cosa...Y nosotros, los funcionarios de prisiones, somos los que nos quedamos limpiando hasta más tarde, y los que empezamos a preparar la juerga más temprano.

  Normalmente en estos sitios la temporada empieza tranquila; El que tenía que ser puesto en libertad ya se largó sin decir adiós hace meses, y al que le ha caído una condena larga muy probablemente lo hayamos cundado a otra cárcel mejor equipada, donde lo vigilarán más estrechamente, si es peligroso, o le buscarán algún tipo de tratamiento u ocupación si no lo es. Mientras tanto, aprovechando la tranquilidad, se hacen tareas de mantenimiento, y se pone el local bonito para la próxima campaña. Y no porque tengamos que atraer clientela, que nos viene sola. De hecho, pocas empresas como la nuestra pueden presumir de tener un 100% de 'clientes cautivos'. Eso es fidelización.

  Pero aunque el invierno fuese una buena época para nosotros, no todos los habitantes de la isla podían decir lo mismo. Los trabajadores de la temporada de turismo, ya sean legales o ilegales, se retiran de noviembre a marzo, y allí sólo quedábamos los funcionarios de todo tipo, los pescadores, cuatro jipis, y los delincuentes oriundos de la isla. Los 'pata negra', el núcleo duro, que no tienen a donde ir y que, privados del río revuelto que es la temporada estival, tampoco tienen mucho donde pescar.

   Así que ese era el ambiente. Relajado. Intramuros, entre otras actividades, pasábamos el día impartiendo el curso anual  de pintura y alicatado que nos permite matar a la vez el pájaro de la formación para el empleo y el del mantenimiento de las instalaciones. Pero en ese instante precisamente, aquella mañana, era la hora del bocata, y el interno de ordenanza del módulo de ingresos y yo, el funcionario de ingresos en funciones, tomábamos un café.

   Antonio, que así se llamaba, era de la isla, 'pata negra'. Me he dado cuenta de que en las películas, a los internos que colaboran en las tareas de la prisión les llaman 'internos de confianza'. Pues que sepáis que nosotros les llamamos ordenanzas. Supongo que lo de la confianza podría sonar tristemente irónico en la mayor parte de los casos, cuando no insultantemente falso. Y además la confianza da asco.

  Bueno, a lo que voy. Antonio se había cansado de aprender el arte del alicatado, y había decidido cambiar de rol. Así que me estaba impartiendo, con gran entusiasmo, unas nociones sobre el arte y la técnica de apertura de cajas fuertes, variante alicates y martillo pilón. Yo no le hacía demasiado caso, pero es que de aquellas no estábamos en crisis. Ahora me arrepiento de no haber sido más aplicado.  Sus lecciones me habrían abierto muchas puertas.

  Y en esas estábamos, cuando el compañero de puerta me avisó por el teléfono interior de que llegaba un furgón celular de la Guardia Civil a traer un preso preventivo. Se acabó la lección.

 Tocaba currar un poco.


(Continuará)

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