El chivato
1
Aún en lo más oscuro de la noche, en el medio del estrecho de Gibraltar, la calma chicha no permitía que refrescase la temperatura. A mediados de agosto, un calor pegajoso perlaba la piel de los hombres de mar porque, por una vez, la Zodiac semirrígida avanzaba apenas al ralentí en vez de avante toda, vetando el alivio que el aire les podría ofrecer a más velocidad.
De todas formas, eso duraría poco. La tarea que les hacía disminuir su ritmo era breve y en cuanto la terminasen volverían a acelerar a fondo, se repitió mentalmente Bär, patrono de la embarcación. Rumbo a la costa de África a cargar la mercancía acordada apresuradamente pocas horas antes, y de vuelta a la costa de Cádiz sin tregua, para llegar antes del amanecer.
Pero primero lo primero, pensó. Bär, porque su apellido era ese, Bär con diéresis, y no Bar o Val como le llamaba algún despistado, herencia de un padre alemán recalado en Andalucia del que además del apellido había heredado su metro noventa de estatura y nada más, como atestiguaban la piel oliva y los ojos negros aportados por su madre cañaílla, bajó la mirada hasta la cubierta de su nave. A sus pies, con las manos y los pies sujetos con bridas y con sendas bolsas negras cubriendoles la cabeza, yacían dos hombres.
Bär y su compañero de tripulación se aseguraron de que los prisioneros estaban correctamente lastrados con unas piezas de chatarra sujetas con bridas metalicas a sus pies. Registraron los bolsillos y sacaron sus carteras. A veces, los cadáveres se sueltan de su lastre y suben a la superficie, y mejor si no se identificaban fácilmente. Después, uno después de otro, los echaron al mar. Sin forcejeos; los dos estaban ya muertos antes de ser embarcados.
Porque en el cine dan mucho juego esas escenas en las que las víctimas ruegan por su vida antes de ser arrojadas por la borda, mientras sus victimarios ríen sádicamente. Pero Bär no era un psicópata. No le había gustado nada tener que matar a aquellos hombres, pero llegado el momento, lo había hecho de la forma más rápida y eficaz que se le había ocurrido.
Aquella misma tarde se había citado con ellos y con su compañero de tripulación en un almacén anónimo de un polígono de medio pelo, el almacén donde guardaban la lancha, motores de repuesto, remolques y demás herramientas de su oficio, con la excusa de organizar el viaje de dos noches después. Allí los había invitado a sentarse ante una mesa y les había ofrecido unas bebidas. Después, pretendiendo ir a coger una carta de navegación de un armario situado detrás de ellos, su compañero y él habían desenfundado unas pistolitas de calibre 22, unos juguetes en unas manos grandes y encallecidas por el mar como las suyas, y les habían pegado dos tiros en la nuca a cada uno.
Ambos estaban ya muertos cuando cayeron al suelo. Inmediatamente, una bolsa en la cabeza de cada uno para minimizar el derramamiento de sangre. 'Y para evitar verles las caras', pensó Bär, aunque se cuidó muy bien de no expresar este signo de debilidad ante su socio. Bridas en manos y pies para facilitar el mover la cuerpos, y comenzaron los preparativos para la operación de la noche.
En un principio, la operación se iba a realizar dos días después, y eso esperaban los ahora ya fallecidos. E iba a movilizar dos Zodiacs, una capitaneada por él y otra por su socio, con los dos muertos repartidos como ayudantes, uno en cada lancha, para traer el doble de carga. Pero todo eso había cambiado hacía menos de cuarenta y ocho horas. Su contacto en la Guardia Civil le había avisado; Habían llegado de Madrid unos tipos muy serios de la EDOA que no habían querido hablar con ellos, porque no se fiaban de los agentes locales (con razón, pensó Bär con una media sonrisa) y que se traían algo entre manos. Su topo le pasó a Bär datos de los coches que estaban usando los agentes antidroga, y después los chavalitos del barrio, que estaban por todas las esquinas y que se morían por hacerle favores, le habían facilitado los movimientos de los picoletos casi en tiempo real. Y había averiguado dos cosas; La primera, una buena noticia. Los de la EDOA no estaban detrás de él.
Desde que había salido de prisión la pasada primavera, había permanecido en la sombra. Cambios de teléfono casi diarios, o usando el de terceras personas. Nada de visitar a familia o amigos. Qué coño, casi no había dormido dos noches seguidas en la misma cama. Si aún con eso lo hubieran descubierto, realmente no habría sabido qué más hacer. Así que, al menos, se alegró de que sus precauciones hubiesen dado fruto. Y ahí llegamos a la segunda cosa que averiguó.
La EDOA estaba detrás de los otros dos.
A Félix y a Ocampo los había con
ocido haría cosa de un año, en la cárcel del noroeste de España a la que lo habían mandado el juez de manera preventiva, en espera de juicio. Otros en su situación pensarían que eso lo había hecho el juez para putearlos un poco más, pero Bär sabía que la gente, por lo general, no te putea más de lo que necesita para sus fines. Y el juez lo conocía, y sabía de sobra que en cualquier cárcel de Cádiz conocía casi a más gente que en la calle y que si la finalidad de encerrarlo era evitar que coaccionar a testigos o destruyese pruebas, el Centro Penitenciario de El Puerto de Santa María no era el lugar donde conseguirlo.
Además no lo habían cogido sólo a el, sino a más de la mitad de su banda, y mantenerlos separados era una decisión lógica. Así que allí se había echado todo el invierno. Pasando frío. Viendo llover. Y preguntandose como coño los gallegos podían sentir morriña de aquella mierda de sitio.
Al poco de llegar lo destinaron a un modulo bastante tranquilo, no en vano era un delincuente primario (bueno, en realidad como delincuente ya tenía un largo recorrido, pero era la primera vez que lo habían pillado), y allí fue donde se cruzaron sus caminos.
Félix y Ocampo. Dominicanos. Trinitarios. Uña y carne. Preventivos y primarios, igual que él. Estaban en la cárcel en espera de un juicio por una tontería, una pelea de noche en la que habían sacado armas blancas y alguien había sido pinchado. Pero nada grave, no hubo muertos. Si no llega a ser por su afiliación con la banda, lo mas seguro es que ni siquiera hubiesen entrado en prisión.
Comenzaron corriendo juntos por el patio, jugando al frontón después. Urdiendo planes para cuando salieran. Se hicieron inseparables.
Cuando Bär salió a la calle se puso en contacto con ellos por medios no rastreables. Nada de teléfono, ni correo, ni medios electrónicos. Nadie sabía que seguía teniendo relación con los dominicanos. Así que por ahí no podía haber filtraciones.
Y Félix y Ocampo, en realidad, no tenían tanta entidad como para que la Guardia Civil móstrase un operativo para seguirlos de una punta a otra de España. Bär no tenía dudas.
Uno, o los dos, y seguramente los dos porque todo lo hacían al unísono, lo habían vendido. Y Bär no era un mal tipo; Bär sabía perdonar por errores. Pero la traición no es un error, y no se perdona...
(Seguirá)
Comentarios
Publicar un comentario