El chivato 2

 


Desde hace unos años (no muchos), los internos de las prisiones españolas están autorizados a hacer videollamadas. 

El sistema es simple; En lugar de una cabina telefónica (y seguramente por una fracción de su precio, porque yo creo que ya ni se deben fabricar recambios para ellas) lo que se instala son tabletas, en un soporte. El interno compra en economato un ticket con un código personalizado que, introducido en la tableta, le da acceso a llamar a los teléfonos que tenga autorizados durante un número determinado de minutos. Mediante la aplicación WhatsApp, que es la única instalada en los dispositivos, se pueden hacer videollamadas a estos números. Bueno, no tengo nada que explicaros aquí que no sepáis ya todos como va.

Para dar un poco de intimidad a estas comunicaciones, y a modo de guiño hermanador de las nuevas tecnologías y las antiguas, en los talleres de mantenimiento de esta prisión un equipo de internos particularmente entusiastas fabricaron hace unos años unas réplicas de las típicas cabinas rojas británicas.  Justo es decirlo, no les quedaron nada mal... Y además están bastante bien insonorizadas, de fuera hacia dentro y de dentro hacia afuera. Pero no lo bastante como para amortiguar el bullicio que pueden formar cuatro jóvenes sudamericanos metidos en una y con ganas de celebración. Algo, por supuesto, totalmente irregular.


Así que ahí estaba yo, vuestro amigo el funcionario, llamando a la puerta acristalada de la falsa cabina. Bueno, la cabina es auténtica. De la cabina falsamente británica, si nos vamos a poner pijoteros. Sin éxito. Lo de llamar, digo. Al menos con los nudillos no.

A la segunda patada (o puntapié mejor dicho, que a ver si vais a creer que me puse en plan Van Damme) ya sí que se enteraron y salieron uno por uno, evitando cruzar la vista conmigo por si les echaba un rapapolvo. Los últimos fueron Félix y Ocampo, dos dominicanos que siempre estaban juntos. Ocampo, el último en salir y el que era quizá el de mayor autoridad de los dos, se dirigió a mi mientras yo daba una mirada casual, de reojo y la verdad sin ningún motivo concreto, a la pantalla de la 'tablet'. 

En ella, un hombre moreno y con una poblada barba que le daba un aspecto de visigodo, puso cara de sorpresa y desapareció al instante, siendo sustituido por una mujer de unos sesenta años y rasgos sudamericanos. Ocampo no se dió cuenta de que me había percatado del cambio, y se deshizo en excusas:


- Perdone, don Jaime. Es que Félix es muy amigo de mi madre, y tenía muchas ganas de verla también. Porque salimos en libertad en menos de dos semanas, ¿Sabe,  don Jaime? Y quería presentarle a mis nuevos amigos...- Yo puse cara de papá serio y le eché una pequeña bronca de papá serio. No era cuestión de darle más importancia al tema, o al menos no darle importancia así. Porque lo gordo era, o podría ser,  otra cosa.


Acabada la escena, entré de nuevo a mi cabina y cogí él teléfono. Marqué la extensión de los espías

Los espías son unos funcionarios como yo. Hay tres o cuatro en cada centro penitenciario, y de dedican a poner en común los datos y las sospechas que les proporcionamos los funcionarios que somos encargados de módulo, en las diferentes guardias. También tienen chivatos, están en contacto con cuerpos policiales para pasar y recibir información... Vamos, que no son James Bond. Pero es cierto que hacen algo más parecido a investigar que lo que hace James Bond en las películas.

Así que llamé, y me contestó David. Genial, pensé, porque era precisamente con quien quería hablar. La cosa fue así.

- ¿Eres David? Ah, estupendo. Soy Jaime. Te quería comentar una cosa. ¿Te acuerdas de cuando pusieron en libertad a Bär, hace un par de meses?- Claro que se acordaba. 


La orden de libertad había caído como una bomba, o mejor como unos fuegos artificiales. Nadie la esperaba, y menos que nadie el propio Bär. De planear sobre su cabeza una posible condena de seis años como mínimo, a verse en la calle con un juicio anulado... Bueno, os lo podéis imaginar. ¿Sabeis cuando mandan una unidad móvil de televisión al barrio donde ha tocado el Gordo de Navidad? Pues algo así. Bär, Ocampo y Félix de abrazaban y saltaban como si hubiesen ganado un mundial. Finalmente conseguí que Bär subiese a su celda a hacer el petate. Sus dos amigos le ayudaron, y no pude negarme cuando me pidieron acompañarlo hasta el módulo de ingresos para despedirse y, de paso, ayudarle a cargar sus cosas.

En el modulo de ingresos, casualmente, se encontraba David. Alto, calvo, esbelto y con una sonrisa de oreja a oreja, esté del humor que esté, parece un personaje dibujado por Ibáñez. Con un smóking pasado de moda, podría perfectamente pasar por él maestro de ceremonias de un cabaré de los felices 20. Una sonrisa, y un encanto personal,  que as veces son un arma.

David me preguntó qué hacíamos ahí, luego habló con Bär, con Ocampo, con Félix, rió con ellos, se alegró sinceramente de la buena suerte de Bär, se enteró de la buena relación que tenían los tres... Hasta sacó la cámara digital que tenemos para hacer las fotos de las fichas de internos, los 'mugshots' que dicen en inglés, y se ofreció a sacarles una foto a los tres juntos. A todos Les pareció una gran idea. Posaron, David les imprimió una copia a cada uno en la impresora a color... Y por supuesto, se guardó el archivo de imagen para su colección.


Claro que se acordaba, me dijo.

- Bueno, pues mira lo que ha pasado. Se han metido Ocampo, Félix y otros dos en la cabina a hacer una vídeo llamada. Y, cuando me he acercado a echarlos, adivina quien estaba al otro lado.-

- ¿Quien?-

- Bär. 

-Coooño. Lo voy a comprobar, pero dudo mucho que tengan autorizado comunicar por teléfono.-

-Ya te digo yo que no. La llamada era a la madre de Ocampo. Supongo que Bär y ella están en contacto, y han montado este paripé.

- Seguramente. Bueno, pues gracias por la información.-

- ¿Te servirá de algo?-

- No lo sé. Yo se lo paso a la Guardia Civil, igual que les pasé la foto,  y ellos verán si les sirve.


....................................................................................



Al timón de su Zodiac, Bär intentaba mantenerse concentrado en su misión para evitar el recuerdo de las muertes de Félix y Ocampo. Los golpes de las olas contra la quilla estaban haciendo que algo en su bolsillo se clavase contra su muslo. Con la mano izquierda tanteó su pantalón corto, y sacó el molesto objeto. Era una de las carteras, de Ocampo o de Félix. La abrió con un giro de muñeca, y la foto de mostró a sus ojos. Eran él, Ocampo y Félix. Los tres sonriendo. Los tres en una cárcel de Galicia, posando para un funcionario de prisiones. Y entonces lo entendió, y ahí si que no pudo evitar que las lágrimas cayesen por sus mejillas.


Recostado en cubierta, su silencioso compinche los vio llorar. 'Menos mal', pensó. 'Empezaba a temer que fuese un psicópata'.










Comentarios

Entradas populares de este blog

Intermedio

Papichulo

Rápida y mortal