Paquito el Chocolatero
En los módulos de respeto (bueno, en todos los módulos, pero en los de respeto un poco más) es importante tener a los internos ocupados. En parte porque la ociosidad es la madre de todos los vicios, y de vicios vamos aquí bien servidos, gracias. No queremos más.
Pero también porque desempeñar una tarea, o estar a cargo de alguna responsabilidad, relaja tensiones, hace más llevadera la convivencia en el patio, y acorta la estancia en prisión (en sentido figurado, pero a veces también en tiempo efectivo de cumplimiento).
En un módulo 'malo' (lo que antes, en tiempos menos iluminados por la corrección politica, se venía a llamar un módulo de nocivos) hay un par de cabos o tres. Escogidos por su 'entidad' en el módulo (entendida como 'entidad' la capacidad, real o percibida, de reventarle la cara de un guantazo al guapo que ose levantarles la voz), se encargan del orden y la limpieza del mismo. Hay además cuatro encargados de repartir las comidas... Y para de contar.
En cambio, en los módulos de respeto se intenta que todos tengan alguna tarea de la que ser responsables, por pequeña que ésta sea.
Y aquí entra Carbonell.
Carbonell es a veces un drogadicto y a veces un ex-drogadicto, según el mes, que se encarga de darme parte en cada recuento de cuantos internos lo pasan en el comedor (y así comen antes que los demás, generalmente porque tienen trabajo que hacer con un horario que así lo requiere).
Mientras estos internos comen o cenan, el resto forma en el patio, al estilo militar. Cuando hago el recuento, Carbonell me dice cuántos hay en el comedor, incluído él mismo. Luego, cuento a los formados en el patio y sumo ambas cifras. Si el total coincide con la cantidad de internos presente en la planilla del módulo, lo doy por bueno, ordeno romper filas, y todo el mundo entra a comer. O a cenar.
Carbonell, las cosas como son, no es una gran ayuda. Posiblemente nunca fue el lápiz más afilado del estuche, y los años y el abuso de sustancias no han hecho sino desgastar su mina. La mitad de las veces me dá el recuento mal, así que he tomado la costumbre de mirar hacia el comedor por encima de su hombro para comprobar por mí mismo si su información es correcta.
Porque tampoco quiero que se sienta MAL. Tiene muchas limitaciones, pero Carbonell hace lo que puede con lo que tiene. Se esfuerza. Y ese esfuerzo merece un premio. Porque vivimos en la cultura del esfuerzo, ¿No es así?.
No, claro que no. Eso es una milonga que te cuentan. Pero al menos en lo que esté en mi mano, si alguien se esfuerza sinceramente, intento recompensarlo.
Y hoy a la una, la hora del recuento, cuando me acerqué a Carbonell para que me diese el recuento de comedor, lo vi retorcerse las manos con nerviosismo y adoptar algo parecido a una posición de firmes para darme su parte.
Así que un poco en broma y un poco por hacerlo sentir importante, yo también me puse firme ante él, y le pregunté muy serio;
- ¿Cuantos tenemos, Carbonell?- Y Carbonell se puso muy tieso y me respondió;
- Siete, don Jaime-. Miré por encima de su hombro, con disimulo. En las mesas del comedor, ocho internos rumiaban con desgana unos espaguetis apenas teñidos de tomate.
- Perfecto, Carbonell-. Y completé mi actuación con un perfecto saludo militar totalmente antirreglamentario, porque bajo techo y sin gorro no se saluda. Carbonell no se dió cuenta de este error de protocolo, y lo recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Le encantó lo del saludo.
Dándome media vuelta, puse rumbo al patio, donde el resto de internos formaba en columna de a cinco. Carbonell me había seguido, a dos metros de distancia. Yo no me había dado cuenta de ello, igual que no me di cuenta de que, al detenerme yo a la cabeza de la formación para iniciar el recuento, él se había situado tras de mí, tieso como un palo de escoba.
La posición de firmes, el saludo, los hombres en formación... Se ve que se había metido en ambiente. Le había gustado el rollo militar, y no quería que terminase. Algo se le tenía que ocurrir... Y así, en cuanto dije en voz alta; 'BUENOS DIAS, SEÑORES', el murmullo colectivo de saludos con que todos me suelen contestar quedó acallado por Carbonell imitando el tocar de un cornetín... Bastante pasablemente, todo hay que decirlo.
El problema es que a Carbonell ya no le pilló hacer la mili, y si bien sabía que en los cuarteles se toca una especie de trompeta aguda, no tenia ni la más remota idea de los diferentes toques a realizar. Así que interpretó (más o menos) la única canción que le vino a la cabeza y que (más o menos) sonaba a corneta.
Paquito el chocolatero.
Me giré de golpe con las primeras notas. Carbonell, firme, con la cabeza echada hacia atrás y la mano derecha a modo de tubo frente a la boca, lo daba todo.
Miré al resto de internos. Estaban flipando. Como yo, ni más ni menos. No había una solucion clara para esto.
Así que hice lo primero que se me ocurrió; Avancé a paso rápido entre las filas, con Carbonell detrás soplando a tope. Acabé el recuento, que salió gracias a dios, lo las rápido que pude. Ordené entrar a comer y, en cuanto todos rompieron filas, me giré hacia Carbonell y le repetí el saludo militar.
- Suficiente, Carbonell. Muchas gracias.- Carbonell bajó la mano de la boca, se puso firme, y agradeció mis palabras con una leve inclinación de cabeza. Por mi parte, salí pitando del patio.
En la cabina de seguridad Germán, un veterano como yo, encargado del módulo colindante, se partía de risa él sólo. Ana, una jovencisima compañera en prácticas con los brazos llenos de tatuajes y aspecto de tiktoker, estaba con la boca abierta por el pasmo. Era evidente que ambos lo habían visto todo. Sin decir nada, me senté frente al ordenador a completar el parte de recuento pertinente para enviarlo a jefatura.
- Enhorabuena,- me espetó Germán - has convertido un recuento ordinario en una escena de Berlanga.- Luego se dirigió a Ana, que seguía con la boca abierta. - Berlanga era un director de cine, de la época de tu bisabuelo.-
Ana lo miró como miran las gogós a los borrachos en las discotecas, y no se cortó en contestar; - Ya lo sé. Soy Técnico Superior en Realización de Proyectos Audiovisuales y Espectáculos.- Ahora fue Germán el que se quedó con la boca abierta.
Los dos viejos nos echamos a reír.
- Pues no te pierdas el recuento de la cena, compañera. Tal como va el día, promete ser puro cine.
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