Expulsión voluntaria

 El timbre del teléfono vibra como si estuviera dentro de mi cabeza. Tengo un catarro de cojones. Descuelgo antes del segundo toque, para ahorrarme el sufrimiento. Llaman de la oficina de régimen, que tenemos que llevar a un interno al departamento de ingresos, que la Policía Judicial lo espera para ejecutar una orden de expulsión a su país. Costa Rica.  Miro hacia el patio por la ventana de mi cabina. Cuatro grados centígrados. El aguanieve ha disipado la niebla. 


Me despido del interno, nos conocemos ya de varios años en el módulo. Negro, serio y trabajador. Ninguna de esas cartas es un triunfo hoy en Día. 

Le doy la mano. 

- Suerte. Ojalá me deportasen a mí también.

El interno se sorprende al principio, pero un escalofrío que le hace subirse el cuello de la cazadora, y un estornudo mío, le hacen entender la situación.

- Si quiere nos intercambiamos, don Jaime.-

- Pues porque tengo dos bocas que alimentar, que si no ya estábamos sacando el betún. ¿Lleva usted el bañador?-

-Es lo primero que he metido en el petate.-

- Qué cabrón.

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